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UN CASO APARTE

La primera parte del plan se había cumplido. Una vez en el aeropuerto no fue complicado localizar el
vehículo que el comisario le dejó en el lugar especificado. En consigna preguntó por el sobre a su nombre,
que previamente el jefe Paul depositó con las llaves. Luego, atravesó la animada ciudad de Gourbitz para dejar
a un lado la autovía y enfilar dirección a la comarcal. Ya asomaban hilos rojos de sol en el cielo de la tarde,
cuando cogió la carretera que debía llevarle a la ciudad de Valbonne. Estaba acostumbrado a viajar, aunque
amparaba con ansia la idea de que algún día se estableciera el orden en su muy ajetreada vida. Pero, ahora aún
había que trabajar duro para llegar a ese premio, además, le gustaba su profesión y tampoco le iban mal
las cosas. Su afamada reputación en los casos más enrevesados había traspasado fronteras y, sin tardar demasiado,
a este paso, alcanzaría su propio despacho dentro de las dependencias del Organismo General de
la Policía Estatal. Había logrado avanzar a base de concienzudo esfuerzo, esquivando las emboscadas, que
sus colegas competidores le tendían, en un acoso despiadado por ascender en el escalafón, pero ante el
talento han de apartarse las malas artes y, de este modo, con elegante soltura, se encontraba a un paso de ganar
la bien merecida Jefatura. El caso que le había traído a Valbonne era, por tanto, algo más que un acertijo para
un simple detective y, por ello, estaba él allí. La comarca llevaba largos meses padeciendo las fechorías de una
especie de maníaco compulsivo y, cuando esto sucede, se traduce en hechos tan relevantes como el miedo que aflora
a los rostros y en las costumbres de sus habitantes, que cambian para dejar de ser normales. Valbonne no es una
gran ciudad de rascacielos sino un antiguo barrio, anexionado con los años, y transformado en zona residencial,
tranquilo y pacífico, de casas unifamiliares con jardines, de huertas y parques. Quizás, el acaudalado nivel de
sus habitantes atrajo las maquiavélicas intenciones de algún perturbado, dispuesto a enriquecerse a base de
extorsionar y atemorizar a la población. Entre las hipótesis que se barajaban, era la económica la que
prevalecía, pero después de haber pagado el primer rescate, continuaron sucediéndose los raptos
y desapariciones. En su mayoría, el criminal escogía chicas jóvenes, rubias, casi todas bellas, cercanas
a los dieciochos años, aunque las dos últimas apenas habían cumplido los dieciséis. Precisamente esto era
lo grave, una de las más jóvenes desaparecidas era hija del comisario Paul, y por eso estaba
él allí. Se le había encargado la responsabilidad de este caso, su misión consistía en reemplazar
temporalmente al señor Paul en sus funciones y resolverlo.
A lo lejos divisó las casas de Valbonne, colgadas sobre la pendiente que bordea el lago. Algunas empezaban
a iluminarse a la caída de la tarde, mientras él, al volante, trataba de que la constante afluencia de sus
propias cavilaciones no le impidiese el disfrute de aquel hermoso panorama. Tan absorto andaba en esta
pugna interna, que le pescó de sorpresa el golpetazo que azotó el cristal delantero del vehículo. El susto
le hizo girar con brusquedad, ocupó por breves instantes el otro carril, con suerte de que apenas hubiera
circulación en ese momento, y volvió de nuevo, de otro volantazo, para frenar aparatosamente en varias eses,
antes de aparcar a un lado del arcén. Salió como una exhalación del coche, tratando de encontrar alguna señal
que le indicase la causa de lo ocurrido, pero la misma polvareda que él levantó en la cuneta
se lo impedía. Corrió unos metros apartando el polvo en busca de otro vehículo, tal vez una moto o un
transeúnte, pero sin éxito. Tan solo divisó el vuelo bajo de un aguilucho sobre una de las peñas que
cubrían el otro lado de la carretera. La visión de las peñas con su abigarrada forma y escasa estatura le
dio una fantasmagórica impresión, semejaban un bosque petrificado de monstruos deformes que invitaban a
huir más que a acercarse. Observó los círculos del aguilucho en su vuelo raso, y cómo se estrechaban antes
de posarse sobre la cúpula de la peña. Cuántas veces antes lo había hecho con su abuelo, un nativo del
norte, experto en el arte de la caza:
–¡Observa, hijo, el vuelo del águila! Siempre quiere decirnos algo...
Aún le parecía escuchar sus palabras, pero aunque ahora las rapaces estaban protegidas agradeció el hecho de
aquel recuerdo entrañable traído a su memoria. De regreso al coche tropezó con algo en el
suelo, lo pisó... Un aguilucho se agitaba en el firme de la carretera, destrozado por el impacto. El policía
lo examinó, enseguida comprendió que no existía arreglo, el daño era demasiado grande, pero como hacen los
nativos del norte, lo recogió con suavidad por las alas para depositarlo en la base de la peña en la que vio
a su compañero, era lo menos que podía hacer. Ahora, por fin, volvió al vehículo y arrancó, aliviado de
abandonar aquella zona que las sombras hacían aún más sobrecogedora. La noche había caído, una media luna asomaba sobre
el lago y, al fondo , las luces ya
anunciaban la ciudad.
Al día siguiente se confirmaron sus sospechas, siempre ocurría así. Su avalada experiencia le
había enseñado a cómo desembarazarse del centro de atención que dirigían sobre su presencia los oficiales
convertidos en anfitriones. Por mucho que se jactaran de ser muy profesionales, casi siempre trataban de mediatizar
al recién llegado, con objeto de ser del equipo ganador y así desengañarse respecto a la supremacía del que
viene de fuera. Estaba acostumbrado a ser recibido fría y distantemente, sin embargo, se consoló con la
abundante cantidad de información recabada para el caso. Las preguntas de los oficiales fueron incrementándose,
a medida que aportaban datos, hasta que el investigador se vio obligado a atacar también con una serie
sostenida de indagaciones sobre el modo de proceder con el caso hasta su llegada. Dejar un hueco a las dudas
de cómo se había llevado el caso, ante la nada por respuesta, era una manera fácil de crearse contrincantes,
pero también le sirvió para apaciguar sus acometidas, ya que tanto unos como otros debían de evitar en lo
posible un enfrentamiento entre ambos departamentos y sus respectivos altos mandos. El investigador era
consciente que jugaba contrareloj, si no daba con una solución, por mínima que fuera, en un plazo breve,
volverían a caer sobre él como alimañas y, además, su propio departamento podría tener motivos para dudar
de su intachable historial. Para ser el primer día de trabajo se daba por bien servido, así que regresó a
la habitación donde se hospedaba con un montón de carpetas bajo el brazo, quería empaparse de todos los
pormenores del caso. Había sido una dura jornada de encuentros y caras nuevas que, añadidos al viaje,
no tardaron en hacerle acusar el cansancio.
Aún no había amanecido en Valbonne, y una espesa capa de niebla flotaba dificultando la entrada
del nuevo día. El investigador se despertó entre fotografías y papeles, mucho antes de lo que
él hubiera deseado. Durante toda la noche le había rondado la imagen del aguilucho revoloteando entre
árboles y peñascos, también soñó con el abuelo. No tardó apenas en acicalarse, lo suficiente para estar
presentable, y salió sin desayunar, con una sola idea clara en su cabeza, antes de
reanudar la tarea. Retomó esta vez en sentido contrario la carretera que sale de la ciudad, enseguida
reconoció el grupo de rocas calizas que bordea la ladera. Comenzaba a disiparse la niebla, y aquel
bosque pétreo parecía disfrazarse ahora de lúgubre aldea prehistórica. De cerca, las peñas eran de
superficie rugosa y, a pesar de su escasa altura, su aspecto seguía siendo intranquilizador. Buscó la peña
donde dejó al ave, tan sólo quedaban unos restos algo diseminados, quizás algún animal
montaraz anduvo cerca. Continuó observando el suelo, al tiempo que rodeaba la enorme piedra. Otra roca
se apoyaba sobre la peña, dejando un estrecho paso entre ambas... Se asomó con precaución al interior
oscuro, y comprobó que la anchura permitía la entrada de un hombre sin dificultad, también percibió un
olor nauseabundo. Regresó al lugar donde había dejado el coche, y volvió con una linterna, dispuesto a
adentrarse en la grieta. Se tapó las narices con el pañuelo, pues aquel olor era de
verdad inaguantable. Avanzó medio encorvado por la pequeña galería natural, hasta dar con lo que había
venido temiendo desde que penetró en ella... Primero, los huesos esparcidos sobre el suelo: se distinguían
varios fémures, algún peroné; luego encontró los cráneos y, al final, los cuerpos, unos sobre otros, en
amontonado desorden, todos decapitados. El espectáculo era sobrecogedor e, instintivamente, se tocó el
flanco para comprobar que el arma reglamentaria seguía en su sitio, nadie sabía lo que
podría ocurrir. Para sorpresas no podía haber comenzado mejor el día...
Cuando los oficiales descendieron no podían dar crédito al horror que ocultaban
aquellas cavidades. Algunos tampoco podían creer que la llegada de aquel policía foráneo trajese
la primera luz sobre el caso, y se acercaron en torno a él, sin abandonar sus preguntas, aún más
cargados de dudas, tratando de comprobar si aquel personaje era de carne hueso o un
héroe privilegiado. El investigador regaló solo un leve susurro a sus oídos curiosos...
–Tuve un presentimiento...
Para los oficiales todo era poco, pero ahora comenzaba una nueva etapa, donde los datos acumulados
cobraban diferente dimensión y casi podían acariciar la idea de resolver el enigma. En verdad que
aquel policía era especial: al siguiente día de su llegada había resucitado el caso desde un ángulo
largo tiempo inimaginable. No estaba del todo resuelto, pero se abrían nuevas vías de investigación
y se ponía fin a la segunda parte del plan. Ahora, un nuevo despacho estrenaba Jefatura. El policía
atendió la llamada telefónica; el Servicio Mayor puesto al corriente del descubrimiento daba por
zanjada la misión, había de regresar al Comisionado Central y, sin desdibujar su gesto impasible,
se despidió de sus recién estrenados compañeros entre un halo de contenido reconocimiento
y admiración. Estos siguieron contemplando un rato más la trayectoria ascendente del avión en el
que partía, mientras se cruzaban miradas incrédulas...
–¡Vaya, pájaro!... –murmuraron entre sí.
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