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SIN RASTRO

Hay que conocer el lugar para admirar, más que para comprender, los milagros de
la naturaleza. En aquella zona geográfica la costa se hunde con una ligera pendiente en el
mar. Aquí, las formaciones rocosas son una prolongación suave del desierto que las precede,
dando lugar a cavidades y galerías que horadan el pasillo costero.
Nummek se había criado allí y sólo él conocía el túnel que se bifurcaba hasta la altura
de dos hombres para desembocar en la pequeña playa protegida, invisible desde el exterior.
Ahora, el viejo Nummek también sabía que dentro del castigo existía una bendición. Su única
hija nació con un acusado retraso que afectó la postura de sus manos y un defectuoso movimiento
al andar. Pero aunque tampoco pudiese oír ni hablar, la pequeña Maahira fue un regalo para
Nummek. Desde niña la llevó a la recóndita gruta de la playa, allí gateó sobre la arena, allí
dio sus primeros pasos hasta sostenerse en pie, apoyada en la enorme mole de granito que se
sumergía en la orilla. De joven, cuando Nummek estuvo en la capital, ya había visto otras
esfinges similares aunque sin la piedra de jade en su frente. Para ganarse la vida allí
muchos se dedicaban a desenterrar las ruinas en busca de reliquias y objetos del pasado; sus
antepasados lo hicieron
antes con las pirámides.
La esfinge de su playa descansaba semihundida en la arena con su busto desnudo y
los brazos cruzados sobre el vientre; la joya verde que adornaba su frente le otorgaba un
rango sagrado. El agua bañaba los signos escritos en la columna, que se perdía en el fondo,
dando la impresión de que verdaderamente la diosa emergía del mar. Cuando Maahira se abrazaba
a la esfinge y acariciaba su rostro una bella sonrisa inundaba la faz de la muchacha y,
también, del alma del viejo Nummek desaparecía toda sombra de penalidad. Ese era su tesoro.
Como todos los días, regresaban del paseo en la costa al hogar cuando, al llegar, se
encontraron con los arqueólogos. Nummek les dejó entrar a su humilde morada y trató de
responder con cortesía a sus preguntas. La expedición rastreaba el área tras la pista de
algún vestigio arquitectónico oculto como se desprendía de la interpretación de los manuscritos
hallados recientemente, pero el viejo Nummek respondía ignorándolo todo. Un grupo de ellos
hablaba entre sí, en idioma extranjero, luego el guía se dirigió a Nummek
en tono conciliador... No, no se proyectaba carretera alguna ni ningún complejo hotelero,
ahuyentando sus preocupaciones; tan solo formaban parte de una exploración programada para
rescatar del olvido toda posible ruina de valor arqueológico notable.
Nummek sujetó con fuerza el brazo de su hija Maahira, que no cesaba de golpearse la frente,
nerviosa. Y con un gesto de desolación explicó a los científicos que todo cuanto allí había lo
tenían a la vista, desde el polvo árido de la tierra que pisaban hasta el océano inmenso que
devoraba al mismo desierto. El cartógrafo trazó una línea roja sobre el mapa extendido en la
mesa y, luego, el guía señaló con su dedo índice el itinerario nuevo a seguir en dirección este,
una vez descartado aquel mísero territorio.
El viejo Nummek contempló a los expedicionarios alejarse por donde habían venido... Había
aprendido a aguantarse las penas, a guardar secretos. Porque sabía que a toda maldición le
acompaña un regalo de los dioses. Sólo eso le pedía a su diosa, se contentaba con aquella
sonrisa... A cambio, él velaría su sueño sagrado.
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