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OSCURO DESPERTAR

Cuando rebasé la curva no tuve dificultad en reconocer el lugar, la vegetación
tupida marcaba los bordes del camino. Sí, conocía bien aquel sendero, cada piedra,
cada tronco, la situación de cada planta o matorral, lo había recorrido tantas veces en sueños
que casi era capaz de preveer el próximo detalle que aparecería ante mí... “Ahora la
roca grande, tiene que estar por ahí”, me dije. En efecto, allí estaba suntuosa y enorme,
a pesar de la oscuridad. Había repetido el recorrido de aquel sueño en tantas ocasiones
que ya podía permitirme decidir... “Ahora haré esto otro en vez de ir por allí”. Rodeé
la roca hasta dar con el objeto que descansaba en una de sus aristas planas, a modo de
repisa. Esta vez pude distinguirla, se trataba de una brújula, dorada, con el fondo
resaltado en rojo, sabía que no debía tocarla, pero al acercarme para observarla no
supe por qué lo hice... ¡Maldita sea! El despertador sonó estridente, casi caí al suelo
al intentar apagarlo. Maldije mil y una veces la torpeza con la que había obrado en mi
sueño. Llevaba largos meses, casi años, persiguiendo los detalles de aquel sueño
repetitivo, ya familiar. Se trataba de un reto, me había propuesto desvelar los entresijos
de aquel paisaje que me resultaba tan habitual y por el que me manejaba con un cierta
destreza... No sabía explicar por qué sucedía, pero aquel sueño era el único que era
capaz de recordar. Podían transcurrir semanas o meses sin que apareciese o soñando con
otros de los que luego no lograba acordarme. Pero en cuanto surgía el escenario de mi sueño
parecía cobrar vida y todo cuanto acontecía adquiría una relevancia significativa.
La primera vez que soñé con el sendero tortuoso fue al comenzar mi trabajo en la
empresa, recién contratado. Para un joven ambicioso y con ganas de poner en práctica
todo lo estudiado era esta una oportunidad inigualable que no podía desperdiciar. Quería
aprender, mejorar y abarcar muchos campos, con prisa por sumar experiencia; me apasionaba
mi trabajo de diseñador. Ya llevaba casi tres años allí, en aquella mediana empresa de
equipamiento electrónico. Mi labor de publicista no había deparado importantes avances
a la firma que representaba, pero al menos me valían para curtirme en los avatares
profesionales del mercado. Todavía recordaba la cara de estupor del señor Thomas, el
director de la Compañía, cuando llegué tarde el mismo día de la cita para firmar mi
contrato. Luego, sin embargo, le cambió el gesto al comprobar que mi puntualidad y
aplicación en las tareas se realizaban con ahínco y constancia. Justo con la renovación
del primer año ya había alcanzado a divisar la gran roca de mi sueño. Era curioso, pero
la brújula apareció cuando firmé por segundo año consecutivo... Claro que nunca me
atrevería a contárselo a nadie, mucho menos a alguien del trabajo, ahora que ya empezaba
a formar parte de la plantilla fija de la empresa; me tomarían por un chiflado y
apreciaba demasiado mi trabajo para jugar con riesgos añadidos.
En este último tiempo había conseguido que la remilgada señorita Mauldred también
me preparase el café, en las reuniones de los miércoles, como a los demás; señal de
que ya iba formando parte viva del equipo. También, a base de escuchar consejos más
que de ejecutarlos, me había ganado la confianza del adjunto de redacción que ya se
sentaba siempre a mi lado en cada reunión. Una de las más recientes confidencias
que se le escaparon al redactor fue que la Compañía estaba a punto de adquirir
renombre y mejorar de categoría, sobre todo a partir de la conclusión de aquel
encargo que les reunía y que tanto apremiaba, de ahí la necesidad de que todas
aquellas horas extras que había que invertir fructificasen. Aunque no se percibieran
beneficios económicos iban a servir para impulsar nuestro nivel de profesionalidad. Era
mucha la tarea y, por tanto, el cansancio acumulado tras duras semanas sin apenas tregua; llegaba
a casa extenuado y resultaba más que fácil quedarse dormido...
Aquella noche enseguida reconocí mi sueño, ya sabía lo que debía
hacer... Esta vez rodeé la roca en sentido contrario a las agujas del reloj, observé
la brújula y seguí la dirección que apuntaba... La noche estaba clara, asomaban tenues
reflejos de luna entre la espesa vegetación, cuando vislumbré la cabaña. Una luz débil
provenía de su interior, tal vez de un quinqué, pensé, mientras me acercaba con
tiento. Amparado tras las hileras de árboles, observé la sórdida construcción de madera
y avancé hacia la valla derruída que la circundaba. En uno de los laterales donde
comenzaba el porche distinguí el respaldo de una mecedora, alguien descansaba en
ella... Desde aquel ángulo era imposible reconocer rasgo alguno, además no me atrevía
a dejarme descubrir, así que bordeé la cabaña en sentido inverso. Sin embargo, para
mi sorpresa, cuando alcancé el otro extremo del porche contemplé la mecedora sola,
vacía, sin nadie alrededor... Mis pasos crujieron por las tablas desgastadas del
viejo porche cuando me aproximé con intención de atisbar dentro, pero
una fría sensación me paralizó... Lento, miré atrás, hasta toparme de bruces con el
rostro adusto del señor Thomas que me escrutaba debajo de un enorme sombrero de
hongo. El susto fue tan mayúsculo que me hizo despertar...
Aquel día acudí a la Compañía sin tiempo para desayunar y, por si fuera poco,
quedaba el tramo de trabajo más arduo y sacrificado, tan sólo de pensar en toda la tarea que me
quedaba por acometer ya comenzaba a flaquear. Aún me encontraba cansado, a pesar
de haber dormido. Además, la mañana de aquel miércoles no podía presentarse más
desoladora: la señorita Mauldred parecía haber vuelto a las andadas y, excepto a mí,
puso a todos su correspondiente taza de humeante café. Algo se debía celebrar pues
también adornaban el centro de la mesa oval unos platitos de pastas surtidas. Estiré
el brazo en un ademán inútil de alcanzarlas pues quedaban lejos de mi asiento, pero
tropecé en el hombro del señor redactor que, con gesto de falsa ofensa, se cambió
de sitio, justo al extremo opuesto de la mesa. Casi con miedo me atreví a mirar al
señor Thomas y cuando lo ví levantarse y dirigirse hacia mí me atusé el flequillo,
nervioso... “Debo tener mala cara, sí”. Un sinfín de imágenes y pensamientos me
resbalaban por la frente, no recordaba que alguien me hubiese devuelto aún los
buenos días... El señor Thomas se aproximó y me tendió el sobre. Iba a preguntarle,
pero se adelantó en la respuesta:
-Fírmelo y entréguelo!- espetó, tajante.
Cuando acabé de leer ya no me importaban las pastas ni si había quedado gota
de café. Tenía quince días para despedirme de mi hasta entonces actual empleo y lo
peor era que así, sin ilusión, era incapaz de hacer nada bien. Sin embargo busqué
el lado amable de la situación y me ahorré todo el montón de horas perdidas,
robadas de mi ocio personal... “Estas cosas pasan”, reflexioné. A partir de ese momento
también pude dormir mejor, al menos más descansado.
Tardó mucho tiempo en repetirse el mismo sueño que tanto me asedió. Hace
algunos días fui convocado para una entrevista de trabajo. Parecía interesante
la oferta y la directora, una madura señora rubia aún de buen ver, apostó por un
joven con algo de experiencia. Aquella noche volvió a reaparecer la cabaña, aunque
abandonada... Ninguna luz brillaba adentro y en el porche solitario la mecedora
descansaba vacía. Esta vez sabía lo que debía hacer... Bordeé el porche en el
sentido contrario a las agujas de un reloj, pero me sobrecogí al descubrir una
figura recostada en ella, debajo del sombrero en forma de hongo asomaban unos
bucles rubios. Retrocedí asustado y tropecé con la valla... El estruendo de la caída
me despertó con un oscuro presentimiento.
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