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Capítulo XVIII
 N DESCUBRIMIENTO
Después del atardecer, el patrón de Casualidades regresaba a casa. Su esposa, Violeta, atendía
la Taberna desde antes del amanecer hasta que su marido volvía del mar. Era el momento preferido de Patricia,
la hija de ambos, y el idóneo para que las historias de cada marinero o viajero que por allí pernoctaba salieran
a flote, embriagando la atmósfera del atractivo aroma de otros horizontes o, en ocasiones, con alguna asombrosa
experiencia no exenta de la moraleja consabida. Esa tarde don Joaquín regresó antes de lo previsto e incluso
la Taberna, como si adivinara la importancia del momento, se encontraba más descongestionada de clientes que
de habitual, favoreciendo un apacible ambiente propicio a la conversación. Antes de entrar a La Taberna se paró
en el muelle frente al balandro restaurado...
-¡Buen trabajo, hijo!
Sus palabras halagaron aún más la satisfacción que me inundaba ante la obra acabada, pero además me agradó
aquella expresión cercana pues la relación con Patricia marchaba a toda vela. Quizás por ello o tal vez como
respuesta al triunfo obtenido de manos del viejo marino en los acantilados, el patrón de Casualidades me cogió
a parte dispuesto a acabar de contarme los detalles de aquella historia que tanto tenía que ver con
mi persona... Me hablaba del Viejo Capitán con el conocimiento y respeto de quienes años atrás compartieron
otro tiempo, un tiempo especial que a juzgar por el tono quedo y sentido de sus palabras, no andaba lejano sino
tan próximo y sencillo como si se girase el pomo de una puerta, siempre al alcance de quien deseara recuperarlo,
pues tal era el carácter que el Viejo Capitán imprimía a sus hechos, siempre misterioso aunque no por ello
incomprensible.
El patrón de Casualidades conocía bien la historia del viejo marino, me explicaba la relación de los hechos
con detalle, incluso disculpaba sus actos sin juzgarlos, al contrario, con el afecto y comprensión de quienes blandieron la amistad como bandera
compartida en un tiempo aún no desaparecido. Tampoco me sorprendió, ya casi lo adivinaba cuando suavizó el tono
de sus palabras al tiempo que con un leve apretón sobre el brazo, me iba a revelar que aquel hijo criado en Coaxtlán
era mi padre, el accidentado en los acantilados de Claridades. Sí, ¡el Viejo Capitán era mi abuelo, el que
nunca tuve!... Pero me adelanté:
-Ya lo sé...
-¿Te lo dijo él? -inquirió el patrón, curioso.
-No me lo dijo, me lo contó a su manera -maticé.
El patrón escudriñaba mi expresión a la espera de un gesto débil o de desaprobación y, al tiempo que me apremiaba
para que continuara con la historia, apuntó con acierto que todos los hombres en el viaje de su vida llegaban a
una encrucijada y que yo había encontrado la mía en aquel lugar, como así se lo mostraban sus antecesores. También
mi abuelo, en su devenir, había quedado atrapado en aquella costa. Aquel desastre me acababa de enseñar que el mar
permanecía, siempre.
Así fue como volvió a quedar abandonado su DosGaviotas, al fondo de un puerto, triste y agotado de velas, herido
de olas solitarias, con el timón rumbo al olvido. Y también él, igual que a los que amó, a pesar de amarles,
abandonado entre los acantilados que escuchaban su mismo idioma, atendiendo las súplicas que el mar enojado lanzaba
a las estrellas, lejanas y confiadas, riendo en la distancia del océano azul del firmamento, envidiando o tal vez
admirando su serena tranquilidad eterna. El abuelo había decidido –y había que respetarlo- que ese sería su sitio,
sí, ¡el Mar de Claridades! ¡Cómo no iba a comprenderlo si asumió esa decisión!
-Has tenido suerte, chico... -arguyó el patrón.
-...de encontrarle -añadí.
-De conocerle, hijo -completó don Joaquin.
-Sí... -agradecí las palabras del patrón en su intento por dejarme a las puertas del perdón. Sí, comprendí que no
existía otra entrada mejor para continuar viviendo sin rencores ni lecciones atrasadas.
Salí al porche, la historia me había dejado exhausto de emoción. El cielo entero estaba inundado de
estrellas. Sentí el brazo de Patricia acariciándome la espalda. Ella tenía a sus familiares en el promontorio
saliente del acantilado, podía comprenderme. Con la mirada en el horizonte, sentados en las escaleras del porche de
la Taberna, contemplamos absortos el crepúsculo que se cernía sobre el puerto; permanecimos abrazados, nuestros
corazones unidos, atentos a una ancestral canción de olas, ya familiar para nosotros, que la voz de un duende
invisible hacía sonar a través del silencio...
Fueron siempre momentos especialmente decisivos en los que El Cantor de Olas se me apareció, pero aquella fue
la primera vez que lo hizo estando en compañía.
 
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