|
| |
Capítulo XVII
 L DOS GAVIOTAS
El DosGaviotas quedó gravemente dañado en el flanco izquierdo de popa, con el hundimiento del casco
y la consiguiente rotura de las cuadernas afectadas. Volvió al astillero, pero pronto fue olvidado.
Lo que al comienzo suponía enfrentarse a un reto, ahora era una obra de arte. Transformar aquel viejo cúter
en un avezado queche significaba algo más que duras jornadas de trabajo y restauración, había primero que
desterrar la palabra imposible. El barco estaba en precarias condiciones de mantenimiento, sin velas, con
la brújula y parte del equipamiento todavía original, aunque a falta de varias piezas que probablemente habrían
sido robadas o utilizadas. El Viejo Capitán lo compró a un médico del continente, como se desprendía de algunas
notas de viaje halladas a bordo y, en aquellos años, se eliminó el pico y se sustituyó la vela mayor por otra de
bauprés bajo y muy largo, quizás con la intención de así facilitar la maniobra para una tripulación reducida. Ahora,
ya metidos en faena, se restauraron los interiores sin cambiarlos, recuperando la antigua calidez de la caoba y del
latón. El casco de teca sobre cuadernas de roble había resistido muy bien los años de ininterrumpido
abandono. La transformación fue gradual,
sin modificar el mástil y su posición, para conseguir así aumentar la velocidad sobre todo en la navegación
al lasco. De este modo el velaje del nuevo DosGaviotas quedaba bien regulado y podría mantener la ruta sin nadie
al timón en las diferentes navegaciones, con sus casi doscientos metros cuadrados de vela. Durante más de dos
meses, personalmente o con la ayuda de los artesanos de los astilleros no escatimé desvelos por recuperar las
condiciones para navegar. Poco a poco iba tomando forma mi más cuidadosa obra de restauración, reconstruí el
espejo de popa, con poca reparación mantuve la bañera original en el centro del barco y, además, prefería navegar
sin instrumentación eléctrica. Contemplé mi sueño renacido a base de esmero y tesón. La proa quedaba dominada
por un robusto bauprés, afilada y beligerante. La cubierta permitía un amplio espacio para la maniobra, libre e
inmensa, incluso en las peores condiciones de mar y viento. Estaba orgulloso de mi barco y ansioso por probarlo,
de comprobar sus óptimas cualidades marinas. Deseaba sentir la maravilla de deslizarse sobre la ola encrespada,
potente, impulsado por un viento fresco, seguro y veloz.
 
|