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Capítulo XVI
 MOR DE MAR
Luego vendrían los años de la herrumbre que, de secos, arruinaron el pais. Lo que parecía ya desterrado
volvió con la fuerza inusitada de la acuciante novedad, quizás aún más apremiante ahora. Para entonces Nes
ya navegaba solo. Atrás quedaron los tiempos de Los Ríos en los que Petra le alentaba con firme constancia para
dar sentido a tanto sacrificio. Lejos de retraerle, la crisis vino a desafiar los límites de su intempestivo
coraje y, así, optó por la salida más arriesgada. Sin duda, era esta la faceta que indisolublemente iba ligada
a su particular carácter. De barco en barco, de puerto en puerto, puso fin así a su avidez de conocimento. No existía
otro modo sino en el continuo devenir de rumbos y en el movimiento sin fin de nubes y oleaje donde hallaba consuelo
a su insaciable curiosidad vital. Fue así como descubrió Claridades y nada más llegar supo que ese sería
su sitio. Antes surcó todos los mares, participó en las expediciones que bordearon la costa norte, en la búsqueda
de los caladeros que traerían posteriormente el progreso y la riqueza a la humilde Bahía. También él se enriqueció,
al menos lo suficiente para regresar años después empeñado en adquirir el balandro abandonado en el andén
de Coaxtlán. Se trataba de una deuda pendiente y se arrancó, así, una espina sangrante que durante años de travesía
le acompañó a solas con su conciencia y que le impedía regresar al pasado sin terminar de derrotar aquel frustrado
sentimiento de traición en su memoria. Desde aquel momento fue libre y El DosGaviotas le dio alas. Ambos surcaron
y costearon puertos de vastos mares. Tantas fueron las aguas que conoció que, al final, quedaron integradas en un
solo océano, el mar de Claridades. Por los caminos que el mar sumió iban quedando recuerdos, sentires, amores,
quizás incompletos o náufragos, quizás ahogados o evadidos, mas nunca olvidados.
Eran los buenos tiempos y Nes el Largo pudo abandonar los largos trayectos a los grandes bancos del norte para,
por fin, entregarse de lleno a recorrer con el recién estrenado DosGaviotas cada tramo de aquella costa, donde
ella haría posible la realidad de su nuevo hogar. Conoció a Eva en la Taberna de Bahía Claridades, de vuelta de uno
de aquellos lejanos cruceros y no había mas que observar el notable cambio de ánimo y actitud que supuso su aparición
en la vida de Nes, ahora más esperanzado y con un brillo de ilusión, antes inadvertido, que bastaban para afianzar
la aprobación de quienes le conocían. Tan solo el nacimiento del hijo varón que le dio, fruto de ese amor denodado,
podía compararse a semejante pasión desbordada. Si alguna vez el Viejo Capitán se doblegó frente a algo, fue para
que hasta el rumor del oleaje fuera del agrado de ella.
Se había embarcado con Eva y dos de sus tripulantes cuando, de regreso, el barco terminó en un acantilado en una
noche de furiosa tempestad. Aquella maldita galerna se formó en un santiamén e inesperadamente también desarboló el
barco que, a merced de las olas salvajes chocó contra los arrecifes. Se aferró al resto de un madero como a su propia
vida mientras los embates del oleaje rompían con desatada fiereza, demasiada impetuosidad para que pudiera resistirlo
la frágil delicadeza de Eva. La tripulación fue rescatada, excepto ella. Y el Viejo Capitán no volvió a ser
el mismo.
En aquella fatídica noche no solo perdió su barco. Sobrepasado por la tragedia y sin fuerzas para afrontar un
desastre de tamaña envergadura se recluyó en sus profundidades. Además, lejos de resolver su tristeza, el hijo tan
pequeño y necesitado de los primeros cuidados se convertía más bien en un obstáculo, por lo que lo devolvió al lugar
de donde él vino. La familia de Petra en Coaxtlán se hizo cargo de criar al muchacho y, así, sin padre, creció entre
ausencias y olvidos.
El DosGaviotas fue su baluarte sagrado, por eso todo se hundió con su naufragio, cuando perdió a Eva, su verdadero
amor. Por ello trajo a su hijo recién nacido a Los Ríos, a sus orígenes, de donde él zarpó, para seguir solitario
con su vieja pena a cuestas. También la dura y resistente Petra había muerto inevitablemente abatida con el paso
de los años, pero su familia permanecía en Coaxtlán; ellos y su hija, que se llamaba igual que su madre, la otra
Petra, le cuidarían como a un hijo suyo, velarían porque no quedase privado de nada en su crecimiento allí en
Coaxtlán, ellos eran su familia. Él tenía que marchar sin cargas, a solas, pero herido en su libertad. De vez
en cuando regresaba al puerto de Coaxtlán, cuando la pena mitigada por la distancia parecía conceder una esperanzada
tregua, aunque siempre breve. Le servía para comprobar que el niño crecía bien, sano y feliz. Luego volvía a partir
con rumbo lejano, prisionero de aquel mar hondo e infinito, como su propio pesar. Sólo aquellas aguas eran capaces
de ahogar su llanto. En aquel mar el brillo de las olas sabía de ella, de su temprana belleza ahogada, del niño
triste, hijo de la esperanza que crecía sin padre…
En este punto la voz del viejo marino moduló su tono hondo y lo que antes venía siendo para mí un continuo atar
de cabos tomó cuerpo y solidez como el más cierto de los hallazgos, con el eco profundo de
la verdad presentida. Lejos de interrumpir al Viejo Capitán dejé que continuara concentrado en su
relato. Parecía estar escuchando la voz misma del duende cantor entre las olas:
...Se lo contaban las iridiscencias de espuma, se lo decían al viento asalitrado, a la estrella nocturna
que tiritaba silencios a la orilla de puertos y playas...
El DosGaviotas fue su hogar, el balandro que se ganó la fama de intrépido a fuerza de viento y sal,
el velero fantasma que persiguió la Amparanza misteriosa, la isla que surgía de la entraña del océano para
desaparecer de nuevo entre la niebla profunda. De tanto navegar entre profundidades fue perdiéndose, mezclándose
entre cielo y mar, fundiéndose en los mismos horizontes que soñó. Cuando de nuevo la ilusión resucitaba el brillo
en su horizonte volvió a perder, condenado a un destino que se empeñaba en no dejarle olvidar lo perecedero de
toda hazaña. Podía comprenderlo ahora; lo que antes se presentaba como una premonición se adivinaba ya resuelto,
todas las piezas encajaban.
Todo esto me lo contó el viejo Nes de su propia voz, una veces con historias y otras con sus explicaciones,
pero consiguió casi hacerme entender que vivir entre aquel mundo de acantilados y gaviotas tenía un sentido y era
algo único. Aquel era su mundo y, de algún modo, me estaba haciendo partícipe, me admitía como algo suyo; para mí
aquel detalle adquirió rasgo de halago, no podía defraudar aquella confianza.
En varias ocasiones tuve aquella familiar sensación que me envolvía cuando mi padre me contaba la historia de El
Cantor de Olas, a los pies de la cama. Escuchaba las palabras del Viejo Capitán transportado a un mundo no perdido,
sino recuperado. Cuando Nes el Largo se interesaba por mí lo hacía con preguntas escuetas, directas. Pocas veces
preguntó por el mundo del que yo procedía, el que él había dejado atrás. Asimismo se cuidó mucho de no empujarme a
definirme en esa dirección, consciente de la fragilidad del terreno. Por su parte, eludía mis preguntas directas y,
en cierto modo, habíamos alcanzado un nivel de entendimiento mutuo similar al que mantuve con mi padre, donde un
lenguaje propio nos permitía intercambiar significados de un cosmos sólo nuestro. Si algo quedó claro al prestarle
mis oídos era que su mundo se sostenía porque era inamovible y que sus horas de navegación representaban su único y
vasto patrimonio. Nada más lejos de mi ánimo que resultar descortés, ahora que le conocía ser su cómplice significaba
ocupar un lugar más que destacado, un privilegio que no estaba dispuesto a desaprovechar. Sin embargo, al final de
su historia, se me escapó uno de aquellos inevitables porqués que tanto me esforzaba en contener...
-Escuchaste a El Cantor de Olas, sabes entonces de lo que hablo... -sentenció el viejo marino, sin oportunidad de
réplica.
A continuación, el Viejo Capitán volvió a entrar a la cueva y sacó entre sus manos un polvoriento cofre, pequeño
y deslucido. En él guardaba los documentos del DosGaviotas, el viejo balandro que yacía dormido de olvidos en el
astillero de Bahía. Acepté el trato, la condición indispensable consistía en seguir manteniendo su nombre original,
el DosGaviotas; a cambio me cedía los derechos de propiedad del barco. Después de conocerle aquello era más de lo
que podía esperar, pero había luchado por ello con fe y total convencimiento, el trato me pareció justo. No me dejó
que le abrazara, pero cuando recogí el cofre le apreté ambas manos y pude sentir la firmeza del estrecho vínculo
que acabábamos de firmar. No cabía en mí de gozo, aunque disimulé por no manifestarlo, había conseguido salirme con
la mía, ¡por fin!... El DosGaviotas volvería a navegar en Claridades.
De regreso, no pude evitar traer a mi mente el recuerdo y las palabras del viejo marino. Sabía lo que para él
representaba aquel cofre e, incluso, el mismo esfuerzo de haber hablado como lo había hecho. Sin duda, el apodo de
Viejo Capitán no hacía honor al vital ímpetu de su corazón. Sin duda, la causa del comportamiento de los grandes
hombres siempre constituiría un misterio para el resto de los demás humanos. Y de él, bien podía afirmarse que era
un hombre libre, de verdad.
Me alejé así, victoriosamente entristecido, guardando el cofre entre mis brazos, como un inapreciable tesoro,
inigualable. Sí, mi padre se habría sentido orgulloso de aquel triunfo, el sueño ahora era posible.
 
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