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Capítulo XV
 NA CANCIÓN MARINERA
En la siguiente ocasión, hallé al Viejo Capitán junto a la enorme roca con forma de cabeza de gato,
curioso perfil que daba a esta roca especial ambientación como escenario de nuestras conversaciones. En las
sucesivas ocasiones que entablé contacto con el viejo de los acantilados fue a los pies de ese lugar donde
nos encontrábamos; sin previa cita se había convertido en el punto de encuentro. La tarde se había echado
encima, me había entretenido demasiado a causa de Patricia, la hija del patrón de Casualidades, quien sobre
todo desde su definitivo regreso se mostraba receptiva a mis inquietudes y cuya colaboración me había resultado
de inapreciable ayuda a la hora de integrarme en este nuevo mundo; al fin y al cabo era el mundo en el que ella
había crecido y que conocía por tanto a la perfección. No podía negar que me encontraba a gusto con ella y que
su presencia me resultaba atractiva, pero no podía faltar al intento de volver a hablar y de ver al Viejo
Capitán aquella tarde, después de los obstáculos sorteados para poder escucharle. Era una noche cálida, de
temperatura veraniega, en la que podían distinguirse los senderos que las estrellas trazaban en el cielo.
-Hoy se me hizo tarde -comenté al llegar junto a él.<>br
Sin prestar más importancia a la disculpa, el Viejo Capitán comenzó a hablar al hilo de mis palabras y,
atento, escuché el porqué del tono confidente de una historia que prometía...
Cuando la noche caía, sucumbió, se dejó atrapar… Envuelto de terciopelo negro, con sigilo, deambuló a orillas
del puerto. Dormía la bahía gris y las luces de neón salpicaban brillos a los charcos de la barriada. Los ojos
de los gatos le vigilaban y, también brillaban verdes o, tal vez, amarillos. Tan sólo el repiqueteo de estays
en los balandros le ponía cadencia a sus pasos. Al doblar la esquina sonaron voces, jolgorio de muchedumbre,
por un instante. Y luego, el silencio otra vez envolviéndole, cual humo de un cigarrillo condenado a no llegar
a mañana. Suspiró para adentro y pensó en los suyos, en los que antes amó. Y en la renuncia, el desapego,
tributo de su mejor bien preciado, la libertad. Respiró hondo al atravesar el puente y toda la humedad de
la noche se acomodó en sus poros… ¿Cuándo le soltarían sus férreas garras? ¿cuándo se vería libre al fin de
sus oxidados grilletes?… Por fin, horizonte de mañana.
Pateó con fuerza el suelo repetidas veces con ánimo de hacer entrar en calor sus sufridos pies, casi
helados. La atmósfera abigarrada de la Taberna le hizo reaccionar, aunque lentamente. Por eso entró; demasiada
humedad de madrugada, incluso, para su gabán. Ahora sí, abrigado y dentro del Café, iba recobrando la temperatura
justa. Hasta sus ideas lúcidas afloraron, por fin, fluidas. El olor a café obró el milagro, impensable cuarenta
pasos antes. Hizo un gesto al camarero y, mientras esperaba apoyado en el mostrador, observó con detenimiento
el lugar.
Siguió con curiosidad el contoneo de la joven camarera, sorteando mesas para posar la humeante bandeja de
cafés. Y el manotazo espontáneo que le propinó al barbudo que, descarado, le azotó las caderas. Al pasar junto
a él, levantó los ojos, le miró… No supo qué sensación imponente le invadió, un mar de olas embravecidas y acariciadoras a la vez, un océano
con sabor a café, la mejor taza que nunca paladeó.
En esto, un maullido apresurado y el frenazo estridente de un vehículo, afuera, sacaron a todo el mundo
de sus asientos, curiosos más que asustados. La calle se llenó de voces y forcejeo. Nunca le atrajeron las
muchedumbres sino para tomar la dirección contraria, así que dio media vuelta y se concentró en su café
solitario, aunque… algo le erizó el vello del alma. La joven camarera, junto a su hombro, como si de verdad
ronronease, le sorprendió con su mirada inquisitiva. Y entonces, fue él quien la miró… Por un momento interminable,
su luz de luna inundó la gran noche vagabunda. Y la noche verdadera extendió, con complicidad, sus anchos
y largos brazos protectores.
Ancha y larga era la noche, como la playa que, iluminada tan sólo por las farolas de la avenida, les
respetaban el nido de intimidad recién nacido… Así ella, Eva, reclinada la cabeza en su regazo, confiándose,
a gusto, haciéndole sentir bien. La playa se alargaba aún más y una canción de olas la perseguía,
acunándola… ¡Rieron! Una gaviota atrevida jugueteaba con las tiras de sus sandalias y tuvo que correr, saltando,
para evitar que se las llevara al vuelo... De la Taberna cercana llegaba una melodía de amor que, a ratos, les
dejaba escuchar la espuma que rompía en la orilla. La música llenaba sus corazones y, gozosos, se dejaron atrapar
por la noche estrellada.
Habría sido delicioso el despertar de aquel sueño si hubiera tenido un lecho más abrigado que la blanca arena
de la playa. Se sacudió la arena de pies a cabeza que, al incorporarse, resbalaba por el gabán, rebozado en ella y
reseco, después de una noche a la intemperie. La joven había desaparecido, no recordaba en qué momento le dejó a
solas con la noche y su sueño… El alba despuntaba sus brillos con nitidez en un mañana gris. Ya saliendo de la playa,
sentado al borde del paseo, un viejo pescador de barba canosa extendió su brazo hacia él con un paquete de papel
de estraza. Ella lo había dejado para él, no pesaba mucho y lo recogió. Después, al tiempo que ladeaba su gorra
marinera, le preguntó si había oído hablar de la Amparanza… Aunque le sorprendió su pregunta, le tomó por un viejo
chiflado y contestó negativamente con la cabeza. Ya iba siendo hora de tomar un tentempié para afrontar la jornada
y encaminó sus pasos hacia el puerto, al balandro, su hogar. Abrió la bolsa de estraza y, en su interior, un paquete
de café le hizo sonreír. Regresó pensativo… ¿La Amparanza?, le resultaba familiar. Una canción asomaba a sus labios,
pero no acertaba con la melodía. Y forzó el paso…
Navegó la noche entera. Y en su afán por olvidar se alejó mar adentro, sin descansar. La costa semejaba una
espina dorsal hundiendo sus laderas vertebradas en el mar, como si remojase sus brazos de roca al fresco de las
olas encrestadas… ¿Acaso la isla Amparanza formaba parte de la leyenda entre los viajeros del lugar o realmente
existió…? Algo de cierto aleteaba en ese sueño ideal, en ese tesoro por descubrir. De no ser por su sexto sentido
marinero juraría que soñó con ella. Sí, Eva, la muchacha de la Taberna, candorosa y tan cercana su
presencia. Si existía el misterio del mar hecho realidad, ella lo llevaba en lo profundo de sus ojos. Sí, era la
viva imagen de la Amparanza soñada! Qué grande impresión la de su huella en la arena vagabunda. Él, el marinero,
el surcador de olas, a merced del velero de su alma bella…
Debió cambiar el viento, su sentido marinero también debió dormirse. La costa, ahora oscura, era azotada por un
mar despiadado. La lluvia gruesa le golpeaba el rostro mientras se afanaba por recoger y poner rumbo
a puerto. El horizonte se transformó tenebroso y no era cuestión de jugar a la aventura. Pudo escoger cualquier puerto
próximo de varias de las islas o de la costa cercana, pero… ¿por qué? ¿por qué aquel? Quizás por ella. Ella era
la explicación, nunca conoció mejor puerto, mejor recaudo para su espíritu libre, que aquel alma joven de isla
hospitalaria, por descubrir.
Llegó a puerto, exhausto, cuando la noche caía. Y ella estaba allí, en el malecón, envuelta en el terciopelo de
su abrigo oscuro. Eva lo había visto marchar hacía ya dos noches. Por eso, cuando la tarde anterior el tiempo se
encolerizó, salió al muelle a avistar su regreso… Algo le dijo siempre que volvería y así fue. Tras la cortina de
lluvia reconoció su silueta de marino bragado. Y él también, ya la había reconocido desde mucho, mucho antes. Por
fin acudió la melodía a sus labios, justo cuando entraba a su isla prometida!… Y dos gaviotas se arrullaron
en una canción…
El Viejo Capitán silbó una canción que no me resultaba desconocida y, con un guiño, me miró fijamente al
finalizar su relato. Supe entonces que se trataba de un regalo, era la historia del amor
de Nes el Largo.
 
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