|
| |
Capítulo XIV
 L MAR EN SUS OJOS
Nes era muy pequeño entonces:
-¿Cómo es la tierra, Petra?
-¡Redonda, hijo!… -Petra dibujaba con los brazos abiertos un círculo en el aire que el niño seguía
boquiabierto, desorbitado de asombro.
-Yo quiero darle la vuelta.
-Más allá está el mar, dicen que el viento le encabrita…
Para Petra la tierra lo era todo, era su vida. En el pueblo, de todos eran conocidas sus
habilidades. El cesto de hierbas colgado a su espalda y aquel pañuelo negro que le ceñía la cabeza. Los Ríos
era una pequeña población para la que el campo y los animales constituían la base de todas sus ganancias. Para
Petra la vida no había sido fácil. Recorría todos los montes y las tisanas de sus hierbas conocían pocos fracasos
en el arte de sanar a enfermos y accidentados. Especialmente con la llegada de Nes todo se puso cuesta
arriba. Ella le tomó a su cargo cuando le encontró en el interior de su cesto. Sí, su llegada fue muy sonada
en Los Ríos. Algunos rumores apuntaban que sus padres, supuestos leñadores emigrantes del norte, lo abandonaron
porque para ellos tampoco nada era fácil y que, desinteresados, huyeron en el ferrocarril hacia un
horizonte más propicio. Petra hubo de trabajar
doblemente y su obligada adopción se convirtió con el paso del tiempo en una presencia gratificante para su
solitaria compañía.
Nes iba creciendo, aunque inquieto, pues dentro de él bullía un ascua de ansiedad que le perturbaba en lo más
profundo, fustigándole siempre más allá, con los ojos puestos en un horizonte cada vez más lejano. La voz de
Petra le sacó del pasmo: "Nes! Mañana empiezas!". "Irás a trabajar con Don Vicente. Te necesita
en Coaxtlán".
Al día siguiente, cuando Nes dejó la casa y atravesó la vaguada descendiendo por la colina del pueblo hasta
llegar a la estación de ferrocarriles, sintió que aquella ascua le quemaba el vientre. Aquella brasa encendida
ardía e iba creciendo en su interior, llenándole, sin hallar sitio por el que salir. Así de azorado ocupó el
asiento que le llevaría a Coaxtlán. En el diminuto petate llevaba la paga del pedido para Don Vicente, así como el
jornal de dos meses atrasados. Don Vicente se había mostrado tolerante y comprensivo: "En los pueblos chicos
todos somos de la misma casa", había dicho. También las palabras de Petra le sonaron gratas: "Pronto comenzará la
primavera y a Don Vicente le harás falta".
 :Don Vicente era un viejo septagenario, exageradamente delgado y huesudo, por el que nada podían hacer las
tisanas de la buena Petra. La voz cascada, pero apacible. Su hacienda y sus campos daban trabajo a la mayor parte
de la población. Y su cabello blanco, de nieve, le valía el respeto de todos sus convecinos.
Cuando los frenos del tren chirriaron en la estación, a Nes le zumbaron los oídos. Todos los días había hecho
el mismo recorrido, pero ahora era diferente. Antes, para recoger los pedidos de Petra. Ahora, iba para ganar su
propio jornal. El ascua de ansiedad le apretaba el vientre. Tenía en ese momento suficiente dinero para darle
la vuelta a la tierra. Afuera del portalón, la plaza del mercado bullía de actividad. Se detuvo en
la entrada. El ascua de su interior también bullía, una llama de ansiedad le inundó el pecho. "Tengo bastante
dinero", se dijo. Dio media vuelta y observó el trajín de la estación. En Coaxtlán acababa su viaje. Más allá no
había nada. Nes apretó el petate contra su estómago para aplacar las palabras de Petra. El ascua mitigó su ardor
y, en cambio, una voz de humo le habló del horizonte de más allá. Sin pensarlo una vez más cogió el primer tren
que le llevaría a darle la vuelta a la tierra.
Al ocupar el asiento de cuero rojo, no sabía si le latía el pecho o si era el mismo petate el
que temblaba. El compartimento se hallaba semivacío y todo en él desprendía un cierto olor a húmeda novedad. Cuando
sonó el pitido del tren, Nes abrió la ventanilla y asomó la cabeza. Al ponerse en marcha, se encogió de nuevo
en su asiento. Durante toda la mañana, los más variados paisajes se sucedieron frente a él. Al principio todo se
le sugería familiar, aquella tierra no era diferente de la que había dejado atrás, sino mas bien una prolongación
de ella. Tierra llana de campos amarillos y verdes apagados, diminutas elevaciones y minúsculos promontorios ocres,
que rompían la monotonía de un horizonte limpio. Luego, el tren aminoró, estaba ascendiendo y la marcha se hizo más
lenta. Toda la gama de verdes apareció súbitamente, haciendo gala de los matices más insospechados. La niebla,
que flotaba rodeando las altas cumbres de las montañas, le distrajo el hambre. Sintió frío y reclinó la cabeza junto
a la ventanilla. Aún con los ojos cerrados, multitud de lugares desconocidos y parajes pintorescos se sucedieron
sin fin.
Ya bien avanzada la tarde, el agente supervisor le despertó. Nes pagó el billete. El vagón se había llenado en sus
tres cuartas partes de nuevos ocupantes. Frente a él, dos mujeres de edad ya avanzada, observaban todo a su alrededor
sin intercambiar una sola palabra. Sus vestidos eran de suave tela y bien coloridos. Por un momento
pensó en Petra.
La noche lo cubrió todo, vió como las estrellas competían en velocidad con el tren e intentó imaginar cómo de
fuerte soplaría el viento allí afuera. Lo que le despertó esta vez fue el murmullo de la gente, con el ajetreo de
sus equipajes. Se atusó el cabello y se estiró a sus anchas, sin soltar el petate. La máquina reducía la velocidad
y los viajeros se arremolinaban en las puertas de salida. A Nes le dio tiempo de ver el cartel de la estación,
antes de que el tren resoplara pesadamente con un estertor: "Coaxtlán. Última Parada".
Se apeó cuando todo el mundo hubo salido. Las piernas, entumecidas, le obligaban a dar pequeños e inseguros
pasos. Algo le golpeó la cara en el andén. Era una sensación nueva, extraña, que despertaba su más escondida
curiosidad y que, a la vez, le inquietaba. Como un animal lejos de su territorio de caza, olfateó el aire. Caminó,
desperezándose, en línea recta y descubrió el motivo de su incertidumbre: el horizonte del mar. Como el más
inimaginable de los estanques, mucho más, a Nes le embriagó de asombro. Clavado en el puerto, esperó el amanecer de un día sin sol, gris
y neblinoso. En plena resaca de estupor, se acercó a un marino que preparaba los pertrechos de
pesca: "¿Qué hay más allá?". El pescador se incorporó y, fijando la vista en el horizonte, le
respondió: "Más allá no hay nada, más allá solo hay agua". A continuación posó los ojos fijos en él: "¿Y tú,
a dónde vas?". Nes se encogió de hombros, sincero: "No lo sé". "Pues habrás de escoger, muchacho, la línea
acaba aquí", replicó, volviendo a la faena.
Durante horas interminables deambuló de uno a otro extremo del puerto, embriagado por el hechizo de aquel
aroma a salitre. Al fin, el hambre le sacudió de aquel estado de estupefacta ensoñación. En una plaza adyacente
encontró lo que buscaba, una terraza donde poder comer algo que le devolviese las fuerzas necesarias para
acometer el nudo de dilemas que estaba ahogando su corazón. Entregado a dicha tarea estaba, cuando ella reclamó
su atención. La vió allí, quieta, frente a él, observándole. El, ahora más entero, se dejó observar y, finalmente,
sostuvo la mirada. Un aire de importancia le envolvió, le hizo un gesto y ella se acercó. Compartieron la mesa
y lo que en ella había y, cuando la chica tragó el último bocado, reinició su anterior actitud. Inmóvil,
observándole, pestañeó dos o tres veces. Fue cuando Nes sintió el tirón. En sus ojos vio el océano. El nudo de
sus entrañas se convulsionó y una maroma de cabos sueltos cayó sin control. Ella se levantó y Nes le siguió, sin
querer dejar de percibir el misterio de aquella ensoñación. Caminaron y descansaron sin mediar palabra, hasta
que una fina lluvia les obligó a guarecerse de la tarde. Su cabello casi era de color rojo y sus ojos… Sus ojos
eran el mar. Sin hablar, ella le cogió de la mano y Nes se dejó llevar.
Allí, al fondo de los astilleros, un viejo balandro descansaba abandonado. A través de la escotilla entreabierta,
sintió el esperanzado calor que desprendía la madera. Dentro, ella se desenmarañó el cabello y, con el mar rugiendo
en sus ojos, despojó a Nes de sus ropas mojadas. Se desvistió ella y, juntos, retozaron entre la maroma y el
susurro del agua en cubierta.
Al siguiente día caminaron, comieron y nuevamente se amaron, otra y otra vez, una tras otra hasta perder la
noción de los días. Aquel balandro se convirtió para Nes en todo su afán. Nada le importaba más y, aunque no sabía
su nombre, la tenía ella y ella era lo que había más allá del mar.
Nes ignoraba el tiempo que había transcurrido desde su llegada a Coaxtlán. Aquella mañana amaneció soleada y él
despertó ebrio de gozo. Como todas las mañanas, esperó encontrar el cuerpo de la chica a su lado, caliente y suave,
dispuesto a dejarse acariciar por sus manos ávidas de deseo. La noche anterior había soñado con su pelo pajizo
revuelto entre los colchones del camarote, pero no la encontró a su lado. Se vistió y asomó la cabeza. Allí estaba
ella, al otro lado del muelle. Alguien le acompañaba y ambos se alejaban como si compartieran un tesoro de
complicidades. Un rayo de ira le fulminó los sueños como un mal presagio. Nes entonces echó en falta el petate y,
de un salto, salió corriendo en pos de ellos. Al apercibirse de su carrera, el otro emitió un singular silbido,
torciendo la boca con los dedos y, de inmediato, un grupo de muchachos harapientos surgió de entre los barcos
varados, cerrándole el paso. Le golpearon hasta hacerle rodar por los suelos. La chica lo contemplaba, impasible,
mientras sostenía el petate en su regazo. Luego, en el suelo, lo patearon repetidamente hasta hacerle
sangrar. Nes no soportó la tempestad de golpes y se sumió en un sueño distinto, más doloroso. Les vió alejarse
entre burlas y risas, repartiéndose el botín.
Maltrecho y sediento de venganza, maldijo su mala suerte. El aroma del mar ya no era nuevo y un sabor amargo de
derrota desenredó el nudo que ahogaba su orgullo. Vagabundeó un día más por el puerto sin dar con la chica y con
el temor de toparse con aquellos rufianes. Al caer la tarde, una chispa de luz le atravesó el puro
entendimiento. Había comprendido, nada había más allá del agua. Le había fallado a Petra y a don Vicente y, lo
que era peor, a él mismo. Se encontraba pesaroso y, sin embargo, tampoco podía arrepentirse. A decir verdad, no
podía volver con las manos vacías y, además, nadie había extrañado demasiado su marcha.
El buque mercante que partió del puerto en aquella mañana clara fue despedido por la numerosa presencia de los
aldeanos y pescadores que desde días atrás esperaron la anunciada llegada del mercante más largo y pesado arribado
jamás a Coaxtlán. También Nes debió estar atento a su llegada y, como convencido tripulante, zarpaba hacia el
otro confín que, más allá del horizonte azul, tanto le inquietaba. Desde cubierta pudo ver el viejo balandro
abandonado de sus sueños rotos, pero el ascua ya no le que quemaba. El viaje sin fin había comenzado...
Cuando parecía que el Viejo Capitán había acabado su relato le miré y pude observar la niebla gris de sus
ojos, una sensación de pena honda y triste se apoderó de mí y, por unos momentos, dudé entre abrazarle o levantarme
para marchar, pero permanecí allí sentado junto a él; tan sólo atiné a balbucear un agradecimiento tímido, que apenas
se dejó oir. Hasta que llegó un momento en que el silencio pesó demasiado y me sentí impelido a hablar.
-Es curioso mi padre también... -necesitaba una explicación, pellizcarme o notar que también estaba
allí presente. Ya iba a abordarle con otra serie de preguntas que no cesaban de agolparse en mi mente cuando
me interrumpió.
-Sé lo de tu padre, estuvo aquí... -añadió con un asentimiento grave.
-¿Cómo...?
-También venía por aquí, aunque nunca se atrevió a seguirme como has hecho tú.
-Pero, ¿cómo sabe que era mi padre? -pregunté con tono estupefacto por el giro inesperado que tomaba la
conversación.
-Se quedaba lejos, observaba, quieto y callado; sólo observaba... Yo sé lo que buscaba.
-¿...Qué buscaba?
-¿Qué va a ser, chico? El mar de Claridades, ¿no lo ves?...
Me quedé pensativo, intentando encajar todas las piezas que, de repente, habían querido mostrarse en forma de
clave a un intrincado rompecabezas que el destino hasta entonces había ocultado tras un velo inimaginable. El Viejo
Capitán adivinó mi intención lógica de reiniciar la charla con nuevas preguntas, pero me contuvo.
-Otro día continuamos, chico, esa es otra historia.
Aquella noche me resultó imposible conciliar el sueño, impaciente por acudir de nuevo a la cita con el Viejo
Capitán. Una multitud de nombres, de personas y lugares se sucedían en forma de preguntas o piezas, se amontonaban
en mezcla desigual, en meras coincidencias o en dudas sin resolver: Petra, Coaxtlán, Nes, el Viejo
Capitán... Cuando, a la mañana siguiente, Patricia llamó a la puerta con la bandeja del desayuno, me encontró
hojeando las páginas del libro que mi padre me regaló por su despedida.
-¿Qué haces? ¿estás leyendo?
-Es una larga historia -contesté, intentando esquivar extensas explicaciones-. Bueno, mejor dicho, es un cuento...
Patricia entornó la cabeza para leer el título.
-El Cantor de Olas -repitió-. Me encantan los cuentos, ¿es para niños?
Dudé antes de responder; en cierto modo no sólo servía para contar a los niños sino que adquiría tintes
muy veraces también para los adultos. Él mismo era un ejemplo vivo de que, tras haberlo escuchado en innumerables
ocasiones desde la infancia, ahora ya formaba parte intrínseca de su vida y, además de las múltiples lecturas
que le permitía, de acuerdo a lo significativo de los hechos más recientes, había adquirido ahora visos merecidos
para acompañarle durante el resto del trayecto vital que le quedaba. Sin embargo encontraba cierta dificultad en
hacer comprensible esta idea a alguien ajeno a la historia o a su vida; en este sentido, resumirlo conllevaba perder
detalles que él consideraba primordiales.
Patricia se dio cuenta del dilema en que me hallaba inmerso y, poco amiga de enredarse con rodeos inútiles,
consideró mejor abordar el problema de frente y averiguarlo de forma directa.
-Entonces, cuéntame -sugirió, sentada al borde de la cama.
 
|