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Capítulo XII
 L VIEJO CAPITÁN
Detuve el vehículo al borde de la carretera comarcal que comunicaba la Bahía con la costa. En la taberna,
fueron Héctor y don Joaquín quienes me habían informado previamente de que sólo a través de caminos vecinales era
posible acceder a los acantilados del Arco de la Media Luna. El camino que escogí, cómodo en un principio, comenzaba
a complicarse a medida que cruzaba las extensas fincas que se adentraban en verdes prados inmensos y que se
deslizaban en ligera pendiente hacia el mar. En su tramo final, cuando la línea del horizonte se encontraba a la
altura de la vista, desaparecía todo vestigio de sendero, borrándose, para seguir caminando sobre la hierba,
gruesa y lacia, que la brisa oceánica mantenía continuamente peinada. En frente, se levantaban las enormes moles
de piedra que configuraban los acantilados. De cerca, algunas de aquellas paredes de roca sobrecogía por su
altura, desafiando airosas al pujante avance de las olas.
Seguí las indicaciones puntuales que el farero y el patrón de Casualidades me detallaron con
antelación. Atravesé varias de las fincas, saltando los muros de piedras que delimitaban sus lindes. Cuando
avisté el gran socavón, aquella depresión de terreno que, hundido, caía al acantilado y la roca grande en forma
de cabeza de gato, advertí que ya me encontraba próximo al escondrijo del Viejo Capitán.
Me habían contado que si alguien podía conocer a fondo y cada palmo de aquella costa y el mar que la custodiaba
no podía ser otro que el Viejo Capitán. También me advirtieron de su carácter reservado y un tanto excéntrico y,
en efecto, el mero hecho de habitar solitario entre aquellos impresionantes acantilados así lo demostraba.
Mi inquietud por la navegación me acompañó desde la más temprana infancia, aunque reconocía que desde que
descubrí Claridades esta afición adquirió rango de ferviente pasión. El interés por aprender creció y, al mismo
tiempo, aumentaba mi sed de conocimiento de las artes náuticas, de la fauna marina y la flora circundante, de la
costa y los secretos de aquel mar que ya me había conquistado, sin demasiada oposición por mi parte. Por entonces
era como si la Bahía me hubiese descubierto y, hechizado, todo acontecimiento se sucedía premonitoriamente, como
si adivinase el siguiente paso que iba a ocurrir y que, sorpresivamente, así sucedía para mi regocijo.
De esta suerte, el hallazgo del viejo balandro, un cúter de principios de siglo, abandonado en los astilleros
de Bahía y, aunque destartalado, su posibilidad de recuperación, me abrieron las puertas de un mundo nuevo, el
de la aventura que continuaba, que salía al encuentro sin oportunidad de negarse. El patrón de Casualidades había
asegurado que un buen emplastamiento y un baño de barniz pondrían fin a la broma que amenazaba
con carcomer la madera del antiguo
velero. Me contó cómo el Viejo Capitán lo dejó allí varado cuando abandonó la Bahía y desapareció. Más tarde
supieron de sus erráticas andanzas por los acantilados del Arco de la Media Luna, pero si ya anteriormente era
difícil el trato con su áspero carácter, después de su marcha aún se complicó mucho más, volviéndose
prácticamente inaccesible.
Mi determinación por llevar adelante el proyecto era firme e inflexible, fiel al tributo que mi padre
había contraído con aquel océano, ahora ligazón única y obligada. Las indagaciones en el puerto y, luego, la
información obtenida en la Taberna marinera me habían llevado hasta allí, al abrupto acantilado en busca de un
viejo loco, capaz de vivir con gaviotas por tejado y en compañía del mar, sin necesidad de nadie más… Sabía bien
lo que quería, aunque desconocía el modo de comenzar. Quizás callara o le rehuyera, pero únicamente lo sabría
estando frente a él.
Por fin, al alcanzar lo alto del empinado montículo seguido al socavón, le descubrí, subido a la roca, oteando
el horizonte como si olfatease las nubes que desfilaban solemnes frente a él, mientras el viento marino ondeaba
su blanca cabellera. Su figura esbelta, de lejos, no hacía pensar en nadie de avanzada edad. Alguna fibra de su
avispado cuerpo debió de tensarse al percibir mi presencia. Siguió sin inmutarse, aunque observándome de reojo,
mientras más me iba acercando con paso calmo y natural, pero cauto. Paré a pocos metros y adopté también la
posición del oteador de horizontes. El sostuvo el desafío, tan acostumbrado que estaba al silencio parecieron
transcurrir millones de años en cada segundo. Y así continuó, desoyendo la proposición de conversar, impertérrito
a su declaración de intenciones, al sentido del viaje y a los porqués que a cualquiera normalmente le hubieran
preocupado. Nada, no conseguí un gesto, igual que si le hubiera vociferado a cualquier roca del acantilado. Volví
al día siguiente y, también, a la siguiente semana con el mismo resultado. En algún momento llegué a levantar
excesivamente la voz ante su impotencia por obtener una respuesta, pero lo más que hizo fue echar a andar entre
los prados verdes, sorteando alguna linde de muros de piedras, mientras le seguía de lejos, asombrado de
su terquedad.
 
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