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Capítulo XI
 SLA DE LA AMPARANZA
Aquella noche el patrón de Casualidades ocupó su sitio en la Taberna, como de costumbre, en
la amplia mesa redonda del fondo que Violeta le reservaba a su llegada, bajo los candiles. Y ansioso por
liberar la tensión acumulada cenó esta vez rápido, ávido por tomar la palabra. Todos los presentes entendieron
enseguida la espontánea predisposición de don Joaquín para hablar y, discretos, se apostaron a su alrededor
dispuestos a no perder detalle alguno de la singular historia...
Regresaba de las aguas más septentrionales rumbo a la costa de Claridades, aunque aún faltaba algo
más de un día para atisbar tierra firme. El viaje fue largo y acompañó un clima benévolo a la vuelta. La mañana
diáfana y soleada le animó a dejar el mando en manos del piloto automático y así entretenerse en cubierta en
limpiar y revisar las cartas. Aunque el horizonte se fue nublando a medida que avanzaba el día y un viento más
frío encrestaba las olas de un mar cada vez más grisáceo, continuó confiado y absorto en el estudio de sus cartas
náuticas, algunas de ellas necesitadas de una urgente actualización. Atrás iban quedando jirones de bruma que
deshilachaba el viento y, mientras recogía, ya tenía la certeza del empeoramiento al que se avocaba inevitablemente
la tarde. Sin embargo, de repente, un estruendo ronco de piedra y agua le sobrecogió. Un farallón inmenso de
roca se levantaba frente a él y la espesa niebla no dejaba ver su final. Viró rápido, manteniendo en el timón un
duelo tenso, casi sobrehumano, intentando reaccionar a tiempo para evitar la colisión con aquella piedra surgida
sin avisar de adentro del mar. Ciertamente, no podía explicarse cómo no le trago la enorme pared rocosa que,
peligrosamente, rechinaba al paso de la embarcación, a escasos metros. Entre el casco y el acantilado crujían las
olas, amenazadoras, mientras la bruma se pegaba al rostro y cada músculo se tensaba en alerta en torno al timón,
esperando el embate irremediable del pétreo acantilado. Sin embargo, como el descorrer de un pesado telón,
la pared dio paso a una cala inhóspita, una diminuta bahía natural amurallada por los islotes del acantilado que
guardaban una playa de arenas rojas y aguas extremadamente azules. Más allá, la vegetación se extendía densa,
poblada, hacia arriba de la dura peña montañosa que, a modo de cono truncado, se perdía dentro de una nube
cenicienta, invisible. Observó incrédulo el admirable entorno, ahora sin la tensión sostenida con el desafiante
oleaje. Como un rayo de luz se le vino a la mente la leyenda de La Amparanza, de la que oyó relatar su
misteriosa apariencia a los pescadores más veteranos de los puertos costeros de Claridades, sin nunca imaginar
que la realidad pudiese resultar tan palpable y evidente frente a una leyenda. De súbito, una sacudida brusca
le obligó a aferrarse al timón con denuedo, de nuevo la lucha brutal volvió a desatarse con toda intensidad. Esta
vez, pensó, las malditas rocas de aquella isla fantasma echarían al traste con toda la embarcación. Casi cerró
los ojos, pues la niebla ahora ni dejaba ver y, además, hería el rostro con su gélido aliento, así, derrotado en
esfuerzos, a la deriva, casi presintiendo el choque inminente, no quedaba sino esperar el último y definitivo
desastre... Parecía haberse detenido el tiempo, como si una eternidad transcurriera en la fatal espera de los
segundos finales, de un desenlace presentido que se retrasaba, quizás demasiado para tratarse del
verdadero fin. Al fondo, el halo claro de la luz del cielo iba ganando en intensidad, iluminaba el cese de la
niebla, de la bruma que, debilitada, se iba apartando... Hasta que no quedó ni rastro y la niebla
desapareció. Miró hacia atrás con idéntica incredulidad y nada encontró tampoco que delatara su aparente
presencia. Tan solo a lo lejos una ligera bruma que esconde un tesoro imposible, la isla
que viene y va...
A la pausa sostenida le siguió el vocerío de pescadores, que se dispersó hacia el mostrador entre murmullos
y en busca de otra bebida con la que refrescar el gaznate; una voz apostilló sobre los riesgos del alcohol y
las risotadas histéricas sucedieron a las palabras, que cedieron sin resistencia.
Héctor me hizo un gesto para que le siguiera; salimos afuera y me senté junto a él, en el porche de
la entrada. Allí, en tono confidente, continuó el curso de la historia iniciada y atendí las palabras de aquel
hombre serio y respetado y cada matiz que las imprimía para demostrar la veracidad de los hechos narrados.
Fueron siempre contadas las ocasiones en que La Amparanza le atrapó, según las palabras del
propio Héctor. En una ocasión llegó a pisar su arena rojiza, gruesa como sal gorda, sobre
la que curiosamente ningún ave osaba posarse, aunque sí sobrevolaban las rocas, respetuosas. La estancia en
La Amparanza siempre era breve y ocasional, nunca obedecía a la voluntad propia o deseada. Una bruma fantasmal
solía envolver la atmósfera que precedía a cada encuentro y aparición de la isla y, de igual modo caprichoso,
se abandonaba y salía de su espejismo. Algo le decía que era ella, la isla, la que elegía el momento, la que
decidía la situación oportuna para permitir adentrarse en su mundo...
Al finalizar su relato, Héctor respiró hondo, como si tratara de aunar los recuerdos que aún mantenía
vivos y acudían solícitos al evocar la imagen de un espejismo.
-...¡Te aseguro que ni el patrón ni yo estamos borrachos, chico!
-No lo pongo en duda -traté de tranquilizarle-, pero tengo que hablar con él, Héctor, como sea...
Según él, era la historia preferida del Viejo Capitán, asegurando habérsela oído narrar a él mismo
de viva voz. Así, con semejante fervor y pasión, hablaba el Viejo Capitán de los misterios
de Claridades. Fue tal la impresión causada por aquella increíble experiencia que desde entonces El Viejo
Capitán dejó de dar importancia a la credulidad o no de los demás. Aquel descubrimiento le embargaba el ánimo
y acrecentaba inimaginablemente su emoción y curiosidad, incapaces de ser contenidas. A partir de entonces
le resultó imposible negar que las salidas a mar abierto se hicieran más y más frecuentes, sin poder ocultar
que en el fondo albergaba la remota posibilidad de vivir otro avistamiento de la fabulosa isla, desafiante a
todo raciocinio y lógica humana.
El guarda del faro llegó a compartir su afición marinera en alguna travesía, como él decía, en los buenos
tiempos, con Nes el Largo, como allí se le conocía. En aquellos tiempos mozos ya adolecía del introvertido
carácter que nunca abandonaría al Viejo Capitán, aunque su temperamento indómito parecía obedecer a un misterioso
resorte que lo empujaba siempre más allá. El Viejo Capitán vino del continente adentro, abandonó su familia y
su trabajo para embarcarse en busca de un horizonte nuevo, atraído por la canción de más allá del océano. Eran
los comienzos de Bahía, cuando la pesca atraía embarcaciones y los caladeros rebosaban, cuando el puerto crecía
al ritmo de las gentes que laboraban cada día sus ilusiones con inusitado tesón. El puerto, la playa, las casas
encaladas remontando el acantilado… Bahía Claridades no había cambiado tanto con los años, tal
era su encanto.
-Está bien, chico, allá tú -exclamó el farero aspirando la columna de humo que ascendía de su pipa-, no dirás
que no te advertí...
La Taberna de Violeta era el punto de encuentro, allí conocieron historias nuevas o curiosas, antiguas
leyendas de antaño, algunas ya versiones desgastadas a fuerza de repetir, de boca en boca, alejadas del original,
de oído a oído, a la luz de la cómplice camaradería de los candiles, en noches de canciones y borracheras de
madrugada; eran los buenos tiempos. Y hoy tampoco eso había variado demasiado, aún podían escucharse relatos
de otras tierras en las noches marineras de la Taberna.
 
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