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Capítulo VIII
 NA AMIGA FIEL
Era necesario atravesar la Bahía para alcanzar el Cabo Velas y cuando la marea estaba baja
ello conllevaba un notable retraso, obligados a bordear la Canal; si la marea era viva podía hasta
duplicarse el tiempo a invertir en cubrir la travesía. Una vez en la orilla el acceso a la playa del
Mediodía era posible gracias a un pasillo de roca exterior al acantilado, a través de la Cueva de
El Francés. La bautizaron así a causa de un biólogo galo que habitó esos lares mientras estudiaba las
colonias de aves y la flora autóctona de la zona, quizás, eso sí, en contacto demasiado directo con los
elementos del estudio. Fue así que la cueva sirvió de hogar y despacho para elaborar sus informes
de campo. Entre los lugareños, sin embargo, El Francés fue considerado primeramente como un náufrago y,
después de observada su inhabitual conducta, como un loco y estrafalario vagabundo, pues sin abandonar
nunca las fronteras impuestas entre aquellos islotes, deambulaba semidesnudo, solitario, cobijado en la
gruta y sin que nadie pudiera explicarse de qué se alimentaba y cómo pudo aguantar tanto tiempo en tales
precarias condiciones. Un día desapareció sin más, ya no se le volvió a ver. Nadie frecuentaba la playa
del Mediodía, algún pescador que se acercó aseguraba que las gaviotas soportaban con indiferencia la
presencia humana.
Era el único pasajero de aquel último trayecto de la tarde y, de un salto, me apeé cuando la
lancha vadeaba lenta y próxima a los islotes. La cortina de lluvia no iba a convertirse en impedimento
para intentar llevar a cabo mi inicial propósito y, resuelto, ahora que la tarde regalaba una tregua de
luz, me apresté a recorrer el acantilado con objeto de conocer el lugar exacto donde tuvo lugar el
accidente de mi padre. Ni rastro de restos del vehículo entre las rocas ni en la playa. La pared escarpada
caía a pico sobre el mar, entre puntiagudas aristas, desde la estrecha pista que ascendía en sinuosas
curvas que esquivaban el desnivel. Sin duda, un lugar inapropiado para conducir un vehículo y, sobre todo,
de noche. No hacía mas que preguntarme lo que atrajo a mi padre hasta ese apartado paraje, debió ser
algo lo suficientemente importante para merecer el riesgo. Desde allí, me dejé cautivar por el panorama
idílico de las gaviotas en la playa, me llamó la atención su elegante vuelo entre las olas y, contemplando
el arte de las acrobáticas piruetas con que adornaban el cielo, así, hermanándome al mar, me dormí en la
playa, tendido y amparado en la cálida arena, , recostado
entre las rocas, hasta que sobre el cielo desteñido del atardecer unos nubarrones cenicientos acompañaron,
fríos, a un viento ahora más impetuoso.
Fue el azote del viento en el rostro lo que me despertó. La arena de la playa también había perdido
su cálido manto original y, despojado de su abrigo, incómodo y molesto, me incorporé presuroso con la
determinación de poner mis pasos rumbo de vuelta a la población. Me había alejado demasiado y ahora la
lluvia se animaba en conquistar cada resquicio de tarde. Las botas mojadas, pesadas por el agua, dificultaban
la subida por el acantilado arriba y la marcha rápida por senderos adivinados, casi inventados al borde
mismo del acantilado.
Un graznido ronco de gaviota me advirtió del peligro, del precipicio cercano. Pude vislumbrar a través
de la película de agua que me bañaba la cara, la silueta gris del ave planeando lento a mi lado, casi a la
altura de mi hombro. Instintivamente, desviándome en cuatro largas zancadas, arriesgadas, topé con el camino
vecinal, ahora embarrado, que enlazaba con la carretera comarcal. Aún me separaban de Claridades varios
kilómetros y tuve que realizar a pie el trayecto hasta el apeadero más próximo, mientras la lluvia arreciaba
fina y tímidamente. Cuando el autobús llegó a las inmediaciones del barrio de pescadores la tarde dejó paso
de nuevo a un brillo tenue que alegró las calles empedradas, vacías de gentes.
Ya en la habitación del hostal, en La Taberna, me desembaracé de la maltrecha vestimenta y, cansado por
la carrera y la llovizna incesante, me dejé caer rendido en la cama, me cubrí con las mantas hasta el mentón
y aún pude observar el agrisado tono del cielo que asomaba por la ventana del ático. Después, en apenas
un instante, me quedé de nuevo dormido, exhausto, profundamente. Como entre sueños reconocí el acantilado que
momentos antes había recorrido en distraído paseo. Observé las oscuras rocas de aristas arrugadas y el
estrecho sendero de arena que bordeaba el canto de la costa. Podía escuchar el rumor cercano del mar y los
graznidos de las gaviotas de sonora estridencia, saludándome allá arriba. La tarde llegaba a su fin y, en
bandadas, las aves regresaban hacia el este, a su hogar. El islote de Los Pájaros flotaba entre el dorado tono
del oleaje como un paraíso perdido, un nido prometido.
...Allí estaba la gaviota, azuladamente gris, posada en la repisa de su ventana, recortada sobre el tamiz
nublado, pero calmo del cielo. La gaviota me saludaba, me preguntaba qué tal estaba, cómo había ido todo, si ya
me encontraba a salvo. Se preocupaba por mi bienestar, antes al borde del acantilado y, ahora, cómodo, recostado
en el lecho. Así, desplegó sus alas en lento batir y abandonó la ventana para reemprender el vuelo...
Me pareció haber escuchado cómo me hablaba el ave. Me pareció haberla visto allí, en la cornisa,
despidiéndose para reiniciar su viaje y remontar hacia lo alto... Me pareció contemplar su sonrisa mientras
aleteaba alegre, firme, majestuosa...
 
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