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Capítulo VII
 L CANTOR DE OLAS
Esa mañana casi me quedé dormido en el vestíbulo de espera. Después de un viaje tan largo
y rápido, en cuanto a lo inminente del hecho, estaba a falta de horas de descanso, mas que fuera
para recapacitar reposadamente sobre lo recién sucedido, todo tan inesperado. Apenas dos días antes
había llegado el aviso del hallazgo de mi padre entre respuestas demasiado difusas para mis interrogantes
y, si bien no descarté del todo la fatal posibilidad, no fue hasta el final de mi repentino viaje que me
hallé ante el penoso accidente y con la ingrata sorpresa de tener que reconocer el cuerpo que había
aparecido flotando entre las rocas, paralelo a la costa; algo descolorido e hinchado, a causa del agua del
mar, pero que sin ninguna duda se trataba del de mi infortunado padre.
Después de confirmar que el cuerpo rescatado de las aguas era el de él, sólo quedaban por cerrar los
últimos trámites, los más incómodos, por lo que procuré ser lo más fiel posible a los designios que en vida
pude escucharle en alguna ocasión que habíamos conversado al respecto; él manifestó su preferencia por
las cenizas y así lo decidí en su nombre, con la certeza de que resultaba la mejor elección tratándose
de su final.
Por fin apareció el señor Notario tras la enorme y silenciosa puerta blanquecina, invitándome a pasar
al frío despacho donde, serio y sin demasiado preámbulo, pues ya eran conocidos los parcos detalles de lo
testamentado por mi padre, llevó a cabo el último requisito, el de cumplimentar su deseo final. Así, me
entregó el paquete aquel, a modo de sobre grande, en el que podía leerse: “Para ti, en tu viaje de
vuelta”. Con un par de firmas quedó estampado el rostro burocrático de aquella situación irremediable y con
un apretón de manos, sin sonrisa, di el primer paso hacia lo que ya era una nueva vida o,
al menos, hacia
el nuevo rumbo que, también inevitable, surgía delante de mí ante la desaparición de un ser tan querido.
Fue a la tarde siguiente cuando estrené aquel ritual que alguna voz insospechada parecía susurrarme;
hasta mis pasos parecían guiados, conocer el camino. Seguí hasta el final del muelle, bajo la cansina
luz de las farolas que bordeaban el paseo marítimo, hoy aún más frío y triste bajo la lluvia tenue. Quizás
debido a ello no había gente en esta ocasión en el embarcadero. La lancha que atravesaba periódicamente la
bahía partió esa tarde con solo un pasajero, como si lluvia, lancha y tarde, sabedoras de su penoso sentir,
se hubieran confabulado para rescatar el corazón íntimo del misterio mismo y que, así, resucitase impoluto
el secreto de lo innombrable. Sí, aquel era el lugar, donde la bocana del puerto moría para, cruzando la
Canal, doblar el Cabo y enfilar el Islote del pequeño faro, donde reconocí el antiguo embarcadero, ahora
abandonado a su suerte de mero adorno costero. Sin duda era el sitio apropiado para desperdigar al viento las
cenizas del infatigable viajero, las de mi padre muerto. Incluso el cofrecillo de madera que las cobijó, mudo
testigo, también acabó por hundirse para siempre justo en ese lugar, en el mismo en el que las cenizas se
fundieron con las olas ondulantes, cómplices, en voluptuoso abrazo de eternidad.
Desde la amura de estribor, sentado bajo el modesto toldete que lo guarecía de la lluvia, ahora
más suave, desdoblé el paquete y abrí el sobre sin mostrar emoción en el gesto. Y extraje el libro, un manual
menudo de estilo artesano, cuidado y conservado al paso del tiempo. Las hojas resbalaron limpias y, con ritmo
uniforme, acaricié los cantos. Palmeé el lomo, leyendo el título con voz queda: “El Cantor de Olas”... Y ahora
sí, por orden, pasé de a una cada página. En la primera, la dedicatoria, que releí: “A tu vuelta”...
La lluvia pareció rendirse al tenaz empuje del viento, que soplaba ahora con más ímpetu. Apreté el libro en
mi pecho, protegido, mientras se dejaba oir el silbido agudo del viento y la espuma entonaba una canción de
ancestros. Entonces lo presentí... El Cantor de Olas hizo su aparición, se dejó ver. Ahora, por fin, me sonreía
con su canción. Y sonó así:
...Soy El Cantor de Olas, no me busques ni preguntes por mí. Soy el que sale al encuentro. Te elegí porque
llegaste hasta aquí, por la última razón que anida en ti una vez te despojaste del resto. Te atreviste
a escuchar cómo grita el silencio y, ahora, sólo deseas que dure y te inunde el recuerdo, la sensación de su
fluir eterno. Es un tesoro sin valor pretenderme entre los ruidos, soy el que decide cautivarte con horizontes,
embriagarte de espuma de olas y salitre, envolverte con este canto que emana de adentro. Soy El Cantor de Olas,
me conoces, el que sale al encuentro...
Al atracar de nuevo en puerto la lancha chocó blanda, mojada, contra el muelle entumecido. El patrón
no pareció sorprenderse de no hallar pasajero alguno a bordo, tal vez, pensó, se había apeado
apresurado. La tarde se iluminó de un brillo irreal que emergía de entre las nubes oscuras condenando al olvido
a la lluvia que momentos antes se había inclinado oblicua, azotada por el viento que, racheado, empapaba cada
rincón del aire creando fantasmagóricas impresiones al desplazar la cortina de agua. Quizás fue también
instantánea ilusión el fugaz halo que dejó el viento a su paso, impertinente, al rozarlo; casi podía haberlo
tocado, aunque sin dedicarle mayor significado, el patrón de Casualidades se distrajo silbando aquella
melodía familiar que por fin había acertado en recordar.
 
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