Capítulo VI

CAPÍTULO VI

ASUALIDADES

   Al principio lo tomé a broma, así podía parecerlo, curiosamente gracioso, pero fui cayendo en la cuenta de que Casualidades se trataba en verdad de un apellido. Y Joaquín el nombre de su portador, aunque no el originario, pero sí el consanguíneo sucesor y legítimo heredero de los apellidos y negocios de la familia. Sus empresas estaban ligadas a la prehistoria de Bahía, aunque a Joaquín Casualidades le correspondió en suerte la responsabilidad de regentar la naviera, una red de lanchas que atravesaban a diario el cotidiano horizonte marítimo, del puerto a Cabo Velas y viceversa, uniendo así a las gentes de la comarca. Era una exclusiva dedicación y sin competencia alguna, por lo que la empresa familiar había crecido en progresión natural con los años. Las siglas de Casualidades adornaban los cascos de una flota hoy reducida a una decena de embarcaciones de pasajeros. Con el final del verano, sin embargo, tan solo eran necesarias la mitad de ellas para hacer frente a las tareas, El Cantor de Olas ya que resultaba imposible inventarse más trabajo, aunque se deseara.
   Joaquín Casualidades, padre, seguía pilotando él mismo una de las naves, de las más antiguas, la Capitana que gustaba en llamarla. Cruzar la Canal para él no tenía misterios, era capaz de navegar con los ojos vendados y bien hubiera podido entregarse al sosiego y placer del merecido retiro, además bien remunerado, pero no iba con él ese talante. Hombre recio, de los que curte el mar, trabajó siempre y duro. Nada le regalaron y tampoco nunca lo habría permitido. Ahora sus hijos y los sobrinos eran sus empleados, pero él sentía la necesidad de repetir lo que siempre había hecho, de sentirse vivo frente al barnizado timón de su Capitana, mascullando entredientes tonadas marineras, estribillos de pescadores, sin duda de otra época que, desde joven, le habían calado hondo. De ahí le venía el aspecto ladeado de su media sonrisa, de tararear de costado. Al contrario, su mirada firme, decididamente templada, relataba una denostada vida de constancia, entrenada en escudriñar detalles de mares y costas, pues a Bahía Claridades venían a morir olas de dispares y lejanos confines.
 Aquella tarde, tocando la jornada a su fin y a pesar de la lluvia, recordaba que sólo llevó un pasajero a la otra orilla o, al menos, sería capaz de jurar que así le había parecido. Cierto que en esta època del año la escasa intensidad del trabajo transformaba en rutinario tedio hasta la monótona obligación de tener que pensar o, tal vez, puede que fuera eso, ya empezaba a darlo vueltas, la carga de los años le pesaba en los hombros. A veces, agarrando el timón con ambas manos sentía cómo le colgaban los brazos, caídos al suelo. Es entonces cuando, resoplando, acababa la tarde sudoroso y lanzaba por la borda el desgastado cigarro que tanto había apretado entre los labios. Quizás fuera hora ya de obedecer a su Violeta y abandonar esa maldita costumbre, ya no era ningún chiquillo. Ese tabaco del demonio y su obstinado empeño en continuar patrullando la Capitana, como si fuera un chaval a estas alturas, terminarían por acabar con él... Debería hacer más caso a Violeta, sí. Ella siempre tenía razón. Los Casualidades siempre fueron muy obstinados.

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