|
| |
Capítulo V
 AHÍA CLARIDADES
Según se descendía desde el faro, Bahía Claridades aparecía de a poco, deslumbrante, revelando
en su esplendor el secreto de su nombre. Las casas encaladas de los pescadores escalonaban la pared
rocosa del acantilado y el espolón del puerto viejo emergía, paralelo a la costa, salpicado de coloridas
embarcaciones que reposaban entre nubes plateadas de gaviotas, vecinas privilegiadas del lugar.
Desde el mar, la entrada a la Bahía resultaba también majestuosa, impresionaba aún más la armoniosa
conjunción entre belleza y naturaleza. A un lado, quedaba el islote del antiguo faro con su embarcadero,
hoy también abandonado. Hacía ya algo más de una década que el pequeño faro no funcionaba y, aunque su
actividad cesó, había pasado a formar parte de la geografía familiar que daba la bienvenida al visitante
que venía desde el océano. Del otro lado, pequeñas calas casi salvajes se sucedían en la orilla. Era la del
Arco de la Media Luna la más renombrada, solo visible con marea baja y a la que acudían turistas y curiosos
para admirar las originales formas que adquirían las rocas, fusionadas
en su erosión al acantilado.
Y atrás, el archipiélago Cormoranes, vigilante, a modo de escudo protector, resguardando al puerto
de los vientos húmedos del noroeste, como si la mágica mano del dios del mar lo hubiera ubicado allí,
estratégica y premeditadamente. La costa se abría entonces hospitalaria y generosa, mostrando sus
ocultos rincones, los encantos de su preciado tesoro.
La playa del Mediodía destacaba por su enorme extensión, su arena coralina dibujaba una viva franja
blanquecina que bordeaba el oscuro contorno de la roca volcánica, casi de un negro azabache en ese
tramo costero. El mar aquí se tornaba de un verde azulado, casi turquesa que con intensidad realzaba su
atractivo don, hechizando las sensibilidades. Sin embargo, eran las gaviotas los únicos habitantes de tal
idílico paraje que, en grandes bandadas, ocupaban su orilla y los arrecifes próximos. Uno de ellos, el más
alto, tomaba por ello su nombre, el islote de Los Pájaros, auténtico hogar para sus cuantiosas y ruidosas
nidadas, aunque apenas imperceptibles, eso sí, desde la Bahía.
Ya en la Canal, la corriente enfilaba a puerto y cambiaba el color, se hacía aquí rápida y, en contra,
más fría. Desde la bocana, las casitas blancas, encaladas, destelleaban su saludo luminoso, asomadas al puerto
en silencioso murmullo de siglos. Un balcón al mar, cantaba el himno de la comarca y, verdaderamente, es en
lo que se convertía la hilera ininterrumpida de puertas y ventanas con sus terrazas colgadas, que encalaban
el acantilado rocoso y alegraban el perfil recortado del litoral.
 
|