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Capítulo I
 A ÚLTIMA TARDE
Nunca habría imaginado que las palabras del viejo marino dejarían de ser una historia para cobrar
vida propia, la nuestra. Se lo escuché a mi padre en innumerables ocasiones, cada vez que, desde muchacho,
le preguntaba por el abuelo; ahora sé que toda su vida fue una búsqueda y una contienda para derrotar la
ausencia, un obrar con la intención de que aquel ejemplo no se repitiera. Pero entonces el mundo cabía
dentro de un cuento y aquel niño se lo tomó de la única manera que sabía, para soñar. Mi padre me había
contado que la última tarde que le vio marchar fue desde la playa. Creció así, con un sonar profundo de
olas en el pecho. Las estancias del abuelo, aunque breves, siempre dejaban a mi padre una huella indeleble
en su ser, el mundo inmenso abriéndose con su llegada y un rastro de lágrimas calladas en
cada partida. De un golpe seco solía cerrar las tapas duras del cuento aquel que siempre
repetía... ¡Y así fue como el dios del mar le nombró Cantor de Olas, centinela y duende de su reino de
sueños!... Después llegaba el agitado batir de manos, al despedirse desde el puerto. En uno de sus viajes,
el abuelo le había dicho: ...¡No llores, no estás sólo!... Quizás por eso le pedía una y otra vez
la misma historia. Luego, se escapaba del cuidado de Petra, sin que nada pudiera hacer ella por evitarlo,
y subía corriendo al faro para mantener vivo el recuerdo de su presencia en
la lejanía. El barco se alejaba mar adentro y ya antes de convertirse en un minúsculo punto frente al
horizonte, la esperanza encontraba terreno de cultivo sembrado para anidar en su
pecho o en dios
sabe qué lugar insospechado de sus sueños sin explorar. Quizás de ahí,
de tanto interrogarse le vino su inquietud viajera...
También yo había heredado de mi padre ese rasgo de inquietud tan acusado del carácter, aunque
libre de la ausencia que a él le atormentaba en la infancia y que aún hoy a duras penas sobrellevaba,
sobre todo en los momentos delicados, cuando las defensas morales le descendían porque resultaba imposible
mantenerlas siempre en alza. La ley natural parecía imponer ese sabio equilibrio regulador, pero con los
últimos acontecimientos su integridad moral había cedido leve, aunque suficiente, para dar turno a una especie
de insufrible abatimiento continuado. Ahora que podía disponer de mi propia vida y, aunque nos manteníamos
en contacto, desde que mi padre se jubiló, no recordaba otra crisis tan acusada de soledad y de comunicación
como por la que estaba atravesando. A pesar de que, hasta entonces, todos sus desvelos habían estado orientados
en ese sentido, yo nunca sentiría la desazón que a él le asolaba aún en sus años maduros; al fin y al cabo
debía construir mi propia senda al igual que había hecho él. Si esta tarea le había supuesto una misión, es
decir, algo que le había mantenido ocupado y concentrado hasta hoy, ahora debía enfrentarse por sí solo al nuevo
rumbo que, más que una vía de solución, se planteaba como un camino abrumador. De ahí que le animara en este
sentido, porque así lo entendí, cuando me explicó que necesitaba descansar, hacer que su cabeza parase de cavilar,
porque los fantasmas antes derrotados hacían ahora acto de presencia. Por eso marchó hacia la costa, ya le había
oído hablar de aquella zona que en alguna otra ocasión había visitado; consideró, en un alarde final de
decisión, darse el respiro de conocer aires renovadores. Quién sabe, tal vez con algo de suerte consiguiera de
una vez por siempre hacer desistir a aquellos fantasmas de regresar a su morada.
 
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