|
| |
MIENTRAS LLOVÍA

Lo encontraron entre los escombros de la pared semiderruída. De allí se lo
llevaron, lo sacaron por el jardín y la sirena de la ambulancia dejó asustada la calle con
su estridente alarido, mientras llovía.
Su último recuerdo se remontaba al cuadro de la joven Sara, el regalo de su sobrina que
no descubrió hasta pasados dos años del aniversario y que repentinamente cobró nuevo sentido
para sus ojos.
...Un sendero ascendía entre el monte. A un lado, la cerca custodiaba los prados de
un verde primavera; al otro, se perdía la huella en la sombra densa de un fornido roble de
copa poblada. En lo alto, una hilera apretada de hayas apuntaba la avanzadilla de un bosque
que se adivinaba inmenso en acusada pendiente hacia la otra ladera. Las nubes algodonosas
resaltaban de entre el azul y un viento de tinte grisáceo deshilachaba sus finos hilillos
al paso de dos golondrinas que, en acrobática pirueta, amenizaban el horizonte montañoso...
Permaneció dubitativo, absorto, durante unos interminables instantes, estudió el lienzo,
le intrigaba la silueta confusa que dibujaban las ramas frondosas del roble con la vegetación
que lo rodeaba. Tal vez una figura sentada de costado, tal vez agachada como si
recogiera algo... No consiguió descifrar el enigma, pero lo resolvió optando por
creer que la pintora, su sobrina artista, quiso abocetar sin éxito una gruesa piedra de
superficie rugosa. Le cautivó el ambiente que respiraba la pintura, la luz fuerte del
cielo y el contraste suave de grises
que
teñían de frescor la escena.
...Solo recordaba que se dispuso a colgarlo, decidido a concederlo el honroso
privilegio de adornar la sala y abandonar así el cautiverio del empolvado rincón. Fue a la
cocina y cogió el martillo y un puñado de clavijas del cajón de las herramientas. Ya había
elegido el sitio preciso de la pared donde descansaría el lienzo, pero le era imposible
recordar más. Hasta ahí llegaban sus recuerdos y la niebla que se extendía desde el antes
hasta el después era igual de espesa que la lluvia que caía delante suyo y de los cristales
de aquel mirador. En el hospital lo postraron con aire resignado frente al gran ventanal,
casi convencidos de su inútil solución. Allí, en aquel pabellón ya habían alojado casos
similares sin esperanza, abandonados al consuelo de una medicación o de un milagro. Los
familiares sabían lo que aquello representaba, no quedaba más que esperar a que el tiempo
pasara igual de inadvertido que él hasta agotarse, hasta que toda huella de vida
quedase borrada. Sin embargo, a él nada parecía importarle, no podía reconocer los rostros
de sus familiares allegados ni siquiera prestaba atención a su presencia. Nada significaban
los lamentos ni las preguntas ni aquella expresión horrorizada de su sobrina cuando
le visitaba, tampoco podía escuchar sus palabras...
- El loco, el loco....-, musitaba sin creérselo aún la muchacha, mientras salía de la
habitación echando un último reojo a modo de despedida.
Sólo recordaba que empuñó la herramienta y, al descargar el primer golpe, se coló
dentro del cuadro... Se encontraba tan a gusto allí mientras afuera llovía. El asiento
de piedra no era tan duro como a simple vista le había parecido. Desde aquella tonta
caída no era el mismo, era incapaz de recordar algo de lo sucedido en el pasado y lo más
curioso era que tampoco le importaba. Sentado en la silla de ruedas frente a los cristales
empañados, los familiares le observaban escudriñando un indicio de luz, mientras él
permanecía ajeno a sus ademanes, ido, sin hacer nada para remediarlo. Él sabía que había
cambiado desde que se cayó en el cuadro, algo debió de romperse para que se parase el mundo
mientras que afuera llovía...
|