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MEDIA DISTANCIA

La noche tiene nombre de calle en cualquier lugar del mundo, y, en aquella ciudad, una tenue
sombra alargada hacía las veces de guía, entre un laberinto de misterios presentidos. De sus años de navegación,
había aprendido a mantener tenso el resorte que envuelve los recuerdos y, ahora, se sentía capaz de pulsar el
hilo invisible que los aviva. Fue, tal vez, por eso, tal vez, por el rastro inconfundible que el salitre
proveniente del puerto dejó a su paso por lo que penetró en la atmósfera calma de la calle, un río de luces
que ascendía, con sus orillas salpicadas de locales nocturnos, ávidos de otra dosis más de bullicio. La música
de los bares salía al encuentro, para invitar al instante, sin apenas transeúntes; se podía distinguir del
espectáculo solo por la cadencia o lo estridente del ruido. Aventuró sus pasos tras la cortina de humo,
que daba la bienvenida entre sones del trópico, orquestados y rítmicos, y ocupó el lugar donde la barra
se curvaba, esquivando una columna para observar mejor la pista de baile. Un tumulto de cuerpos seguía el
compás –danzar era imposible– con movimientos sinuosos y, en las mesas bajas, las parejas solazaban sus
conversaciones de besos y abrazos fundidos. Por segundos, se caldeaba el ambiente y, a los pocos minutos,
no podía evitarse formar parte de aquella vorágine, frugal y embaucadora, de atractivas promesas, a cual
más tentadora. Bellas mujeres paseaban su estilizada figura en busca del galán perdido; otras esperaban y,
mientras, soñaban con lo que hablar, incluso con bailar. Ellos, en grupo, apostando atrevimientos sin
conseguir desafiar su naturalidad, porque era su fiesta de alcohol, otra de tantas: voces, griterío,
salto, contorsión... En la esquina, una guapa muchacha lloraba el asedio, corrida la pintura de sus ojos,
hasta que una amiga llegó al rescate y ambas huyeron hacia el aseo, con el gesto acostumbrado de la
diversión maltratada.
No tardaron en acercarse, no pudo observar si salieron del mismo nudo del tumulto o si, a modo de espejismo
calculado, coordinaron su cómplice estrategia, pero, enseguida supo que venían hacia él... Tampoco le pasó
desapercibido el aroma de sus hermosos cuerpos, mientras coqueteaban con el acicalado joven que tenía al
lado, junto al mostrador, algo amanerado, quizás o, al menos, eso le pareció a él. Ante la dificultad para
escucharse, los tres optaron por alejarse de los altavoces, hacia el fondo, al amparo de
la penumbra. Luego, cuando parecía que la melodía iba a reemplazar el halo embriagador impuesto por el ritmo,
le distrajo el forcejeo dentro de la pista. Un par de mozos de seguridad se abrieron paso hasta el lugar
de la pelea: gritos, chillidos, alguno histérico, y puños en alto que ensanchaban más aún el escenario del incidente,
casi anunciando el final obligado
de la velada.
En la calle, le pareció vislumbrar el rostro de alguien conocido, pero, al fijarse con
más detenimiento, comprobó el desliz de su intuición. En otros viajes, aquel sexto sentido le había servido
de gran utilidad para conocer nuevas gentes y vivir originales experiencias, inusuales y arriesgadas, incluso,
pero, ahora, era un veterano que no buscaba nada, casi se conformaba tan sólo con vagar y respirar, junto al
deleite mismo de la aventura. Todo en aquella empinada cuesta le resultaba demasiado familiar, y encaró las
escalerillas que, por una transversal, abandonaban la iluminación de la calle. Cada peldaño, cada rincón,
cada paso que daba era el mismo camino de siempre; cada fachada, cada balcón, parecían hablarle, contarle
secretas confidencias de otro tiempo... Él también reconoció el portal, la madera arañada del pasamanos en
el rellano de la escalera, los marmóreos escalones con bordes desgastados, de tantas idas y venidas, las
macetas descoloridas del descansillo y el olor a vegetal, denso. Giró despacio la manecilla al abrir, y
entró en silencio, intentando evitar el tablón flojo del pasillo que rechinaba. Pasó de puntillas delante
de la habitación de los niños, como si todavía durmiesen ahí, como si no tuvieran su propia casa. Antes de
entrar al dormitorio, se acercó al despacho y posó la chaqueta doblada sobre la silla y, durante breves
instantes, contempló la foto de su jubilación y la placa que le regalaron en la despedida... Luego, entró
al cuarto donde dormía su esposa, se desvistió y, sentado en la cama, se descalzó para acostarse con cuidado,
para no despertarla, aunque ella ya le había oído llegar. Ella sabía que después de tanto trabajar le gustaba
darse un garbeo y, sobre todo ahora, después de toda una vida de viajes, se conformaba con sentirse cerca del
lugar que amaba. Ella sabía que le gustaba acercarse a visitar la calle donde nació. Era su viaje de media
distancia, el único que le quedaba.
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