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MALENTENDIDO

No era de extrañar que al doctor Edouard le resultase más atractivo el suave
clima de la costa, sobre todo después de pasar el resto del año enclaustrado en el rutinario
bullicio de la capital. El trayecto que separa ambos destinos es casi de cinco horas de viaje
para aquel tren de alta velocidad de las que llevaba sentado ya más de la mitad, entregado a
una callada concentración. Tan ensimismado andaba en sus hondas cavilaciones que aún seguía
con la gabardina puesta, los últimos meses de trabajo habían requerido de especial dedicación
y ahora se cobraban el exceso de la factura. Para un psiquiatra de prestigio, además, esto
significaba poner en marcha los mecanismos de acción que cada día ensayaba con sus pacientes,
aunque era el primero en reconocer lo dificultoso de predicar en el ejemplo.
Primero fue la señora Douglas, un caso típico de manía persecutoria, ya había resuelto
antes situaciones si cabe más complejas, aunque no en una paciente tan adinerada. Luego
llegó la viuda de Lenotre, dueña de una gran cadena de supermercados, pero condenada a
una artritis feroz que le deformaba los huesos, una anciana prematura poseída por fantasmas
del pasado, oscuras huellas de una juventud marcada por la miseria y la promiscuidad. En
estos casos los tratamientos farmacológicos constituían el remedio idóneo. La enferma
delegaba su voluntad en el medicamento, aliviada así de mayores responsabilidades. Pero
el caso de Lisa Rivère, el último que le había ocupado, al mismo tiempo que le había
entusiasmado como profesional le había sumido en una especie de controversia cruel
consigo mismo. Le atrajo el desenfado de su juventud, su influenciable capacidad de
dejarse impresionar. Todos los desamores de Lisa se fundamentaban en el egocéntrico
interés que motivó a sus pretendientes. Cuando se casó con el barón Bigongiari creyó
que con el tiempo superaría cualquier diferencia derivada de edades tan distantes, pero
hasta el viejo barón se permitió la licencia de marcharse con la primera que aceptó tontear
a sus requerimientos. No existía fortuna en el mundo entero capaz de otorgar la dicha que
la elegante señora Rivère ansiaba, a pesar de que sus cuentas bancarias precisamente gozaban
de la mejor salud. No, sus penas no tenían precio, no se trataba de eso... El profesor
Edouard la atendía con pulcritud, sí, la escuchaba y, atento, inquiría sobre algún detalle
para ella imperceptible, siempre con unos modales exquisitos. La señora Lisa necesitaba que
alguien le prestara atención y si había de pagar para ello lo haría con uno de los
mejores especialistas de la ciudad.
Al doctor Edouard no se le escapaba esta clara predisposición de su paciente,
pero con la maestría propia de un malabarista circense sabía dónde encauzar sus temores,
dónde ayudarle a descargar sus tensiones y dónde invertir las cuantiosas primas de sus
consultas. Conocedor del terreno, jugaba con fuego, pero hábil en la suerte de inventarse
salidas, conseguía imprimir confianza y ganarse la credibilidad del cliente.
Era mediodía y hacía calor. Se levantó del asiento para quitarse la gabardina y,
doblándola sobre sus rodillas, volvió a sentarse. Sin embargo, con Lisa le ocurrió algo
que nunca antes había sucedido en toda en su carrera. Tal vez fue por eso, porque también
era joven y bella o tal vez porque desde que se divorció de su esposa no solo había sido
incapaz de estar con otra mujer sino que incluso le había resultado imposible confiarse
a alguna. Se refugió en el trabajo, desmedido, casi disfrazado tras una máscara de
profesional riguroso, enmascaró sus necesidades, sus apetencias, hasta el más leve atisbo
de afecto. Por eso la relación que surgió entre ambos le asustó tanto. Lisa se entregaba,
impredecible e insegura, sostenida tan sólo por sus peroratas de estudiado efecto y eso a
él le vaciaba, le provocaba un obsesivo acúmulo de sentimientos encontrados que, después
de cada sesión, al finalizar cada relación, le recordaban con crudeza la fragilidad de su
disfraz. Por ello se vió obligado a poner fin a la perjudicial tensión de aquella
encrucijada.
Los viernes eran el único día de la semana que no había consulta de tarde,
siempre tenía a mano la excusa de la ingente cantidad de informes que actualizar. Además,
el fin de semana era suyo, viajaría al apartamento de la costa para renovar aires... A
través de la puerta del compartimento divisó una pareja de policías y entonces cayó en
la cuenta de que aún llevaba el abrecartas de metacrilato en el bolsillo de la gabardina. Se
incorporó despacio y abandonó el vagón por la otra salida. Abrió con urgencia la ventanilla
y tiró el puntiagudo abrecartas, la gabardina delataba manchas de sangre... Sintió tras
de sí la puerta que se abría, los gendarmes llegaban y no podía articular palabra... Ya
la habrían descubierto, acribillada, acuchillada en un charco de sangre en el pasillo de
su casa, entre las ropas que esparció por el suelo en un intento de simular un atraco
desesperado. Un nudo le aprisionaba la garganta, sudaba, lo sentía, ahora iba a decir sólo
que lo sentía. Por eso cuando oyó atrás la voz del policía...
-¿...Me permite, señor?
-Lo siento...
Se giró lento, impávido, dejando caer a sus pies la gabardina ensangrentada. El policía
entró al servicio y el otro compañero le conminó en tono amble...
-Gracias, tenga cuidado!...
El doctor Edouard se agachó a recoger la gabardina y, componiéndose el rostro, regresó
a su asiento...
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