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LA VISITA

Debería haberlo adivinado a juzgar por el inicio de la jornada. Cuando
el vehículo de adelante se detiene en las curvas, cuando el que habría de ceder el
paso juega a limar veinte centímetros en veinte centésimas de segundo o cuando se cruza
esa señora que tiene el paso cebra a menos de dos zancadas, sin duda se trata de uno de
esos días tontos. Mis conocimientos automovilísticos no van más allá de una práctica
prudente más pendiente de ayudar a flexibilizar el tráfico que de provocar alardes
arriesgados, una buena conducción lo es si no entorpece, axioma extensible a otros
órdenes de la vida, no crees problemas y no los tendrás, e incluso también aplicable
al trabajo: no lograré todos los objetivos hoy, pero habré allanado el terreno para
unos pocos de mañana... Sin embargo, estaba visto que aquel día comenzó atravesado
desde el improvisado viaje, pero ineludible, que surgió la tarde anterior a raiz de
una gestión colgada desde meses atrás y que, ante la inminencia de una reunión general
de ciclo, era necesario actualizar. La visita a aquel cliente era decisoria para que
los pequeños logros del mes salieran adelante con éxito y, sin más dilaciones, puse
dirección a aquella ciudad que distaba más de doscientos kilómetros de mi lugar de
residencia. Aunque tenía por costumbre desplazarme hasta allí siguiendo la ruta más
llana, esta vez decidí sobre la marcha tomar rumbo por el puerto de montaña, que
acortaba la distancia. Los temporales del mes pasado habían cesado y agradecería
concluir cuanto antes esta gestión para regresar a casa.
Atravesaba el páramo cuando la tarde se echaba encima, en otra hora ya no habría
luz del día por lo que aceleré aprovechando la circunstancia favorable de la ausencia
de otros vehículos durante el trayecto. Resultaba dificultoso distinguir los letreros
de la carretera y me encontraba dubitativo desde el cruce que, algunos kilómetros atrás,
marcaba una dirección confusa. Luego, para colmo, el coche empezó a echar humo y me
detuve. Todas mis horas al volante quedaron impotentes ante la nueva situación planteada,
pues desconocía las básicas nociones de mecánica que me permitieran continuar mi camino.
No, no era un buen día, la batería del teléfono móvil no tenía cobertura en aquellas
latitudes, además no sabía a quién llamar, no quería preocupar a nadie en casa, pero
tampoco podía pasarme allí el resto de las horas. La noche ya cernía sus oscuros
nubarrones y un viento gélido barría la cuneta, desnuda de árboles donde guarecerse,
así que entré al coche, al cobijo del escaso calor restante. Andaba ensimismado
rebuscando entre los papeles de la agenda un número de teléfono que apareciera
fortuíto en mi ayuda cuando me pareció escuchar el sonido de los campanos, sí,
cada vez iba creciendo y haciéndose más nítido hasta que al poco pude vislumbrar
la silueta clara de las ovejas que atravesaban la calzada... Me apeé con cierta
premura y sin dificultad descubrí la figura del pastor entre ellas.
-¡Oiga, amigo!... ¿Puede ayudarme?
El pastor me observó desde el fondo oscuro de sus ojos. Era un hombre joven a
pesar del tosco aspecto desaliñado que presentaba. Sin detenerse, dejó escapar unas
palabras secas...
-Sígame. Si se queda ahí morirá congelado.
Por un momento me aterró la idea de seguir campo a través a un desconocido, pero
había algo en su desinterés que me concienzaba del riesgo sobre el que me advertía.
Cogí de la guantera la documentación del coche y la carpeta con papeles de trabajo y
lo seguí, tropecé varias veces con los mojones del terreno hasta conseguir ponerme a
su lado y no paré de hablar, de intentar explicarme...
-...Mire, oiga, necesito llegar al pueblo esta noche porque mañana...
El murmullo del rebaño ahogaba el sentido de mis palabras e incluso me pareció
hermoso aquel susurrar de los animales en la oscuridad, había algo de familiar en
él, el soniquete armonioso de los campanos al unísono de los pasos, hombres y bestias
hermanados bajo una noche estrellada. Andamos sin noción de tiempo ni distancia,
confiado sin remedio a la directriz de aquel guía ocasional, preferí pensar que
siempre sería mejor solución que esperar a solas un milagro. Por fin distinguí lo
que eran unas ruinas de una antigua edificación, tal vez un vivienda en otro tiempo,
ahora un refugio para pernoctar.
-Hemos llegado.
El pastor acondicionó el lugar con rápidos movimientos, sin duda había
estado antes ahí, sabía dónde colocar y dónde encontrar cada utensilio. El perrillo pastor
de raza indescifrable zarandeaba la cola a mis pies.
-...Es un rufián. Póngase cómodo, tenga...-, el pastor tendió una esterilla sobre
la que me acosté, dentro de la cabaña, de espaldas al muro de adobe. La techumbre
dejaba el cielo al descubierto, pero al menos no llovía, suspiré resignado para mis
adentros. Observé los movimientos ágiles, lentos y estudiados de aquel hombre sin más
hogar que la tierra del páramo para quien las prisas o los horarios carecían de fundamento.
En un santiamén brillaba un fuego acogedor que repartía sombras entre las paredes
abandonadas de lo que iba a ser mi inesperada noche al aire libre. Me envolvieron
sentimientos de cuando muchacho, de algunas excursiones montaraces a pie de hoguera
entre canciones, risas y alcohol. Cuando el pastor me ofreció la torta recién sacada
del horno me pareció que nunca antes había probado manjar comparable. Luego, en una
cazuela de barro untamos pan duro y me chupé los dedos, pringados de migas en aquella
salsa sobre la que no me atreví a preguntar. Un calor cosquilleante acarició los estómagos
y, apoyado en el muro, desistí satisfecho de hacer entender lo importante de mi labor en
la mañana siguiente... El perrillo relamió el fondo de las cazuelas de barro mientras
nos dedicaba rápidas ojeadas a la espera de alguna señal intencionada. Ahora más sosegado
me decidí a encaminar el rumbo de la conversación por otro derroteros, más
amable, pregunté:
-¿Cómo se llama?
-Rufián.
No había mucho más que pedir ni tampoco que esperar, allí teníamos de todo para
combatir el frío, el hambre y la soledad. Un amplio silencio hablaba por nosotros sin
necesidad de obligarnos a cumplir. A la luz de la mañana siguiente procuraría el modo
de alcanzar algún lugar desde el que alguien me trasladase a la ciudad, volvería
después a por el vehículo, quizás este imprevisto retrasase algo más de lo proyectado
mi tarea, pero dadas las circunstancias no había otro modo de arreglar la situación
sino paso a paso y a su debido tiempo. Quizás fue el vino, pero comencé a hablarle a
aquel pastor como si le conociera desde mi tierna infancia, como cómplices muchachos
de barrio, antes de la universidad y después, cuando buscar trabajo era otro trabajo
en sí mismo y cuando acabé mi relación con Yoli a causa del traslado. Podría hoy
contar con mi propia familia, un hogar, quién sabe, niños incluso, no me desagradaban,
pero ella había dejado de ser ya el horizonte de mis proyectos a causa de mi desmedido
afán por liberarme de cualquier tipo de ataduras... Noté que estaba poniéndome triste y
de reojo observé el gesto imperturbable del pastor que, apoyado en una viga, escudriñaba
el cielo...
-...Mire, esa es nueva...-, el pastor señalaba con su dedo índice la estrella que lucía
con fuerza entre las demás. Pensé que para alguien acostumbrado a distinguir y conocer
cada una de sus ovejas hasta por su nombre tampoco habría de resultar complicado aclararse
entre aquel rebaño de estrellas que jalonaban el firmamento nocturno. El cielo estaba claro,
diáfano, de inusitada transparencia como pocas veces había reparado antes en ello... La voz
del pastor sonó suave, acoplada al murmullo del campo, sin estridencias:
-Póngale un nombre...
Lo miré extrañado, pero me divirtió el juego y me sumí en hondas divagaciones hasta
creer haber hallado el más apropiado. Sin embargo con un gesto brusco me tapó la boca...
-No, no lo diga. Es suyo.
Atribuí al vino los efectos de aquella graciosa situación y con ánimo de limar
asperezas dejé que el sueño me invadiera por completo, necesitado ya de ponerle descanso
a una jornada tan ajetreada.
Mi despertar sin embargo también dejó de ser algo previsible. Cuando me incorporé el
amigo pastor ya había movido los hilos para desenmarañar el enredo donde quedé
atrapado. Me presentó al lugareño que con su camión se había acercado a recogerme para
llevarme al pueblo y de allí al servicio técnico que reparó el vehículo en aquella
tarde. Pude visitar a mi cliente mientras lo arreglaban en el taller y esa misma
tarde estaba de regreso a casa.
Este fin de semana cogí la prensa como de costumbre y me detuve en la última página
ante un diminuto artículo que informaba del hallazgo de una nueva estrella. Curioso, ojeé
el suplemento que ampliaba en extenso la noticia. Habían descubierto una estrella, la
llamaban supernova, con un nombre de esos raros compuestos por siglas y números que
tanto atraen a los científicos. Afirmaban que su paso por la órbita terrestre se sucedía
cada cientocincuenta años y que sólo con teleobjetivos de alto diseño tecnológico podía
ser observada. Por un breve instante, fugaz, me vino a la mente la figura del pastor,
su estela brillante y, en silencio, repetí aquel nombre callado que sólo
era mío, mío... Busqué en el bolsillo del abrigo el teléfono que sonaba intermitente
y contesté:
-¿Sí, quién es?...Yoli! ...Sí, Yoli, ven. Te espero, te quiero! ¡Yoli, te quiero!
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