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LA OTRA ORILLA

Llegó el momento que había estado esperando. Los guerreros marchaban de expedición
una vez más y, como de costumbre, a su regreso nuevamente se trasladarían de asentamiento
como venían haciéndolo hasta donde alcanzaban sus primeros recuerdos. Sobre todo, le gustaban
las historias que en la noche contaban los guerreros adultos y que hablaban de su origen, de
la tribu y de la selva, la madre de todos los hombres-luna. Sus ojos de niño grande se
iluminaban cada vez que oía narrar la creación del mundo del lecho del río... La luna
enamorada se bañó en su cauce hasta que el rey de los árboles-liana enredó de celos su
amor y, envidioso, lo maldijo. Desde entonces la luna regresó para siempre al cielo de
la noche y, solo en raras ocasiones, ataca con sus rayos a todo aquel que vagabundea en
solitario, víctima de amores imposibles...
Pero él no tenía miedo, era un muchacho intrépido y, además, quería convertirse en
un valeroso guerrero para sacar a su gente algún día de aquella condena y poder llevarles
al lugar seguro que se merecían, lejos de aquel errático vagar a orillas del gran río.
Las respuestas de los ancianos a sus dudas lejos de convencerle le incomodaban, incapaz
de soportar el amenazador mensaje de los peligros que acechaban en la otra orilla. Aquella
explicación no bastaba para la ávida mente de un muchacho-luna y, en cuanto desaparecieron
los guerreros, se dispuso a desentrañar el misterio por sí mismo. Se adentró en el río
sagrado y empujó la canoa corriente abajo, precisamente en la dirección que tenían prohibida
los hombres de la tribu.
A golpe lento de remo vadeó pegado a la orilla, dejándose llevar por el manso discurrir
y evitar así el centro del enorme caudal. A tramos, el cauce llegó a ser tan ancho que la
otra orilla se disipaba en un horizonte de brumas. Después de remar toda la tarde y casi
una noche, el río comenzó a estrecharse y surgieron las primeras rocas, enormes moles
sembradas en mitad de su curso, ahora no tan profundo. La vegetación se agolpaba en los
bordes invadiendo el dominio acuático y, a modo de bóveda arbolada, con su entramado de
lianas creaba un pasillo de verdes variopintos que apenas dejaba pasar la claridad del día.
En aquella zona, la tierra embarrada se hundía en el agua y, antes de avanzar otro centenar
de pasos por la orilla, ocultó la canoa entre la maleza. Más adelante, abandonó decidido
la orilla maldita que jalonaba de miedos cada historia de sus antepasados y entró al claro.
El sonido de la selva también cambió, a la vez que la luz del cielo se transparentaba en
las grandes hojas y creaba halos de penumbra entre las lianas.
Siguió avanzando cauto y, camuflado entre la vegetación, observó las extrañas
construcciones de madera que descansaban en el centro del claro. Nunca antes había visto
nada igual, algunas echaban una columna de humo y otras guardaban ganado en el
cercado contiguo. Entonces oyó las voces y pudo distinguir al grupo de niños que jugaban
hasta que, de pronto, aquel ruido atronador le sobrecogió, se tiró al suelo asustado,
quería taparse los oídos, pero pudo más la curiosa emoción que le embargaba al encontrarse
con tanta novedad.
En verdad que se trataba de un panorama insólito para él, algo nunca
imaginado que ningún relato de los ancianos recogió jamás... Al fondo de las cabañas
aparecieron las primeras máquinas con su estruendoso rugir. El verde de la selva había
desaparecido bajo su peso y, sobre la tierra allanada, se apilaban los troncos de los
árboles con su amputado gesto de dioses caídos, mientras otras máquinas también humeantes
se ocupaban de transportar a rastras sus cadáveres. Los ejemplares más erguidos rasgaban
el techo tupido del bosque en su vertiginoso caer. Le distrajo de su estupor el corro
de mujeres que cruzaba la explanada, seguidas de los niños que correteaban alborotados. Una
de las muchachas se había separado del grupo y se encaminaba hacia el río, muy
cerca de donde él se encontraba apostado. Tan cerca que pudo escuchar su respiración al
pasar junto a su improvisado escondite. Detrás de aquel montón de bidones de gasóleo
vacíos escrutó el grácil movimiento de la muchacha. Le llamaron la atención sus vestiduras,
le resultaba extraño que alguien en aquella selva cubriera de ese modo su cuerpo. Al
poco, contuvo el aliento absorto en contemplar cómo la chica iba despojándose una a
una de sus ropas y, tras posarlas con cuidado en el recodo, se sumergió desnuda en
las aguas... Un chasquido a su espalda le advirtió del peligro cuando ya era demasiado
tarde. El barbudo hombretón le sujetaba por los cabellos mientras gritaba para llamar
la atención de los otros hombres que manejaban las máquinas...
-¡Eh, mirad qué he encontrado! ¡Un condenado salvaje!, venid...
En su frenético pataleo el muchacho acertó a golpear las partes del casual carcelero,
que rodó constreñido por la maleza sin dejar de perjurar. La muchacha del río, interrumpida
en su baño, se cubrió los pechos justo cuando el muchacho salvaje pasó junto a ella como
una exhalación. No obstante, al indígena le dio tiempo a contemplar de cerca el rostro de
la muchacha y la brillante expresión reflejada en sus ojos mientras, de un salto, se
zambullía en las oscuras aguas. Braceó hasta la otra orilla y, una vez allí, se entregó
en veloz carrera sorteando lianas, ramas y rocas. Atrás podía percibir el vocerío de los
hombres y, luego, sintió silbar a su alrededor los disparos de sus máquinas de fuego,
capaces de perforar los árboles. El pánico le impidió reconocer el sitio donde había
escondido la canoa y, además, la proximidad de sus perseguidores le obligaba a avanzar
sin denuedo. Corrió hasta cansarse, hasta que los sonidos de la selva de nuevo se erigieron
en dueños de aquella margen inhóspita. Aún hubo de bordear a nado el río en todo su
largo, ayudado de la corteza seca de un tronco y a pie en los tramos más anchos.
Regresó con la faz cambiada en su alma de muchacho, impresionado por la experiencia
vivida. Sus dudas y rebeldía habían quedado resueltas con aquel otro temor aún mayor... No
podía olvidar los ojos del río en aquella muchacha. Llegó al poblado de
los guerreros-luna justo cuando ya levantaban el campamento. No preguntó ni rechistó,
se incorporó silencioso a la comitiva de la tribu, a la búsqueda sigilosa de senderos
nuevos en la espesura cercana al río... Pero siempre en la otra orilla.
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