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ESPESURA

Aún no había amanecido y era muy probable que aquella mañana gris nunca lo
haría. El temporal golpeó con saña durante toda la noche anterior y, con el alba, llegó la
esperada calma para las zarandeadas copas del bosque. En el semblante húmedo de cada árbol
se reflejaba el triste presagio de lo que ya sabían no iba a ser un día fácil. Al Hermano
Grueso lo había alcanzado un rayo en su parte media y la agonía se precipitaba ya hacia su
desgarrador final. El bosque entero lamentaba su pérdida y, agolpado en torno suyo, arropaban
su último aliento con un cántico de hojas.
El Hermano Grueso era un veterano, había sobrevivido a cientos de nevadas y de tormentas
si cabe más peligrosas que aquella. Incluso, cada año, había vencido el cerco de los fuegos
que diezmaban la población. En muchas ocasiones alentó con su canto a los otros árboles
heridos o moribundos, como ahora lo hacían con él. En las hermosas noches de luna sus historias
sirvieron de lección para los Tallos Tiernos; les contó del curioso ser que viene del
exterior, sordo a sus súplicas, y que cercena los troncos de los hermanos más robustos. Esa
extraña criatura era la misma que cada verano incineraba la paz y rompía la calma de su hogar.
Todos reconocían su sabiduría y, apenados, le animaban para que aguantara mientras se iban
despidiendo uno a uno.
El grueso árbol sabía que caería, inclinado ladera abajo, justamente cuando
el dolor de su costado alcanzara el umbral insostenible... Y con un quejido ronco quebró el
horizonte del bosque para caer de lleno, con estrepitoso acierto, sobre el vehículo que
ascendía por la carretera arriba.
Los árboles contemplaron estremecidos el impacto. Luego, llegaron las otras máquinas y
los gendarmes, que apartaron el grueso tronco. A los bomberos les costó trabajo sacar el
cuerpo sin vida del conductor, así como rescatar sus pertenencias de entre aquel amasijo de
chatarra. También encontraron las mechas, en gran cantidad, y el combustible preparado para
impregnarlas... La noticia corrió rápidamente por la comarca, casualmente habían dado con el
pirómano.
En la espesura del bosque flotaba el alivio de una canción, tal
vez un susurro de hojas...
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