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ANOCHE EN EL LAGO

–...Anoche en el lago.
–¿Es entonces cuando lo encontró...?
–Sí, lo encontré anoche en el lago...
Aguantaba cada embestida de preguntas con una fría parsimonia; su voz pausada no vacilaba.
–Pero, ¿puede saberse...? –el agente que interrogaba moderó el tono– ¿...Qué hacía usted allí a esas horas, oiga?
–Vuelvo a repetirles, señores, que nací aquí, en Los Llanos, a orillas del lago. Vivíamos junto al
aserradero, mi padre trabajó allí. Cuando lo cerraron, tuvimos que marchar a Calton, yo entonces tenía
catorce años. Soy profesor de literatura en el Instituto de Calton, y vengo a Los Llanos siempre que
tengo ocasión. Me gusta pescar, ¿sabe?... en el lago se dan unos barbos excelentes,
conozco la zona.
Al otro lado de la cristalera, el inspector Ródenas escuchaba, contemplando la escena con una atenta
pulcritud de cirujano, mientras el Jefe de Policía le relataba los pormenores
del hallazgo.
–Días atrás ya nos habían alertado. Algún cazador de patos divisó una columna de humo. La patrulla que
envié al lugar le encontró tirado en el suelo, desvanecido, junto a uno de esos bultos negros
de plástico. Pero enseguida se reanimó en la Central, ese café de máquina hace hablar hasta
a los mudos...
Cuando llamaron a la puerta, ambos se volvieron. Era el agente responsable del reconocimiento,
que traía las últimas novedades...
–Adelante, teniente, ¿hay algo nuevo?
–Señor, hemos hallado restos de su presencia en la cabaña contigua al aserradero, víveres, algunas
conservas, latas de bebida y una fogata donde se preparaba pescado. También un viejo camastro, apolillado,
con mantas revueltas; debía de pernoctar ahí, señor.
Sus miradas se volvieron al interior de la sala de interrogatorios. El hombre continuaba respondiendo al
grupo de agentes sin dar muestras de duda o inquietud, incluso sin ahorrar todo tipo de detalles
en su explicación...
–No, no tengo vehículo. El tren me deja en Los Llanos y el lago está cerca, si tomas la desviación. De muchachos,
íbamos a pescar también por ese atajo. La noche pasada me adentré en el lago, llevaba varias horas con la
caña quieta, sin señal alguna de movimiento en las aguas. La suave corriente, imperceptible, mecía la espera
en la barca, con los remos recogidos, cuando observé que el hilo se tensaba de súbito. Aquello era muy pesado,
debía de haberse trabado en algo, así que tiré, aunque sin éxito. Sujeté firme la caña y remé hacia el
aserradero, a duras penas, conseguí arrastrarlo. Era un saco de lona negra, medio abierto; lo rompí con
cierto reparo para ver el contenido... Pero sólo recuerdo que me desmayé, que caí sin sentido
ahí donde me
encontraron ustedes...
Al inspector Ródenas se le escapó un improperio tras la cristalera invisible:
–¡Maldito hijo de...!
El Jefe de Policía se dirigió al encargado del reconocimiento:
–Prosiga, teniente...
–Señor, se han encontrado dieciocho bultos como ese, lago adentro; no descartamos que aún haya más,
los equipos de buceo están ahora rastreando la zona.
–¿...Y? –conminó con urgencia Ródenas.
–Cada bulto revisado, señor, contiene lo mismo: un cadáver de una persona, desmembrado, todos
mutilados. En su mayor parte descompuestos, algunos sólo huesos, quizás los que lleven sumergidos
más tiempo. Todos con una piedra de gran peso en su extremo para quedar anclados al fondo. Ése, el primero
hallado, debió de soltarse... Se trata de una mujer joven, rubia, probablemente sea la que desapareció en
Bezin la semana pasada.
Al inspector Ródenas no le hizo falta escuchar más, era su turno. Cuando giraba el pomo para acceder a la
sala del interrogatorio, el Jefe de Policía le dirigió unas palabras conciliadoras:
–Con calma, Ródenas...
El inspector se colocó frente al hombre sin otra arma que una especie de rabia contenida.
–¿Por qué nos miente, oiga...?
–¿Cómo dice? Les he contado todo lo que sé, la verdad...
El inspector se armó de paciencia:
–Hace cuatro años que usted no da clases en Calton, desde aquel asunto con una de sus alumnas. A ella
nunca la encontraron, tampoco hubo pruebas y al Juez no le quedó otro remedio que ingresarle en un Sanatorio
Mental. Más de la mitad de ese tiempo lleva usted fugado del Sanatorio, durante el que ha permanecido oculto
a orillas del lago. Con total impunidad, usted, se mueve en tren desde Los Llanos a otras poblaciones de
la comarca. La muchacha que descuartizó la noche anterior es la desaparecida que buscábamos; es seguro que
comprobaremos los datos del resto de cadáveres. Tal vez el olor hediondo o un desvanecimiento de hambre o
debilidad le impidió ayer completar el final de su macabra operación.
La mirada fija del hombre se tornó neblinosa y, cerrándose sobre sí, dejó que el peso de la barbilla se hundiera
en el pecho.
–Ahora usted no va a regresar al Sanatorio. Por fin, el Juez le enviará a la prisión para siempre. –prosiguió el
inspector sin tomar respiro.
–¡Llévenselo, agentes! Aparten esta carroña de mi vista.
Al salir de la sala, el Jefe de Policía le apretó el brazo con complicidad:
–Bien, Ródenas... ¿Un café?
–Se me quitó el apetito. Mañana será otro día...
–Hasta mañana, Ródenas.
Arrancó el auto y se dirigió a Los Llanos, sólo deseaba llegar a casa para descansar, tampoco cenaría esa noche,
sólo dormir, olvidar tanto desatino. Ni siquiera se fijó en el amanecer, en el abanico de rosas y naranjas que
teñía el cielo y que se reflejaba en las aguas calladas del lago.
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