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No lo supe, ni siquiera estaba sobre aviso. Pero, cierto, enmudeció la tarde. Tembló la última hoja de otoño y se deslizó en su caída más allá de donde se llega a divisar el camino. Quisiera haber tenido tu mano grande y fuerte para agarrarte y no dejarte marchar. Para atraparte, prisionero, a mi lado, y así me permitieras visitarte de ciento en viento a tu casa. Pero te fuíste y tu mano, tu gran mano, no dijo adiós. Saluda al acabar el día e incluso después brilla, bañada por luz de oro. Tesoro, corazón, que te siento aunque no te toco. |