POEMÁGENES Yo no estaba allí cuando llegó el momento.

No lo supe, ni siquiera estaba sobre aviso.

Pero, cierto, enmudeció la tarde.

Tembló la última hoja de otoño

y se deslizó en su caída más allá

de donde se llega a divisar el camino.

Quisiera haber tenido tu mano grande

y fuerte para agarrarte

y no dejarte marchar. Para atraparte,

prisionero, a  mi lado, y así

me permitieras visitarte

de ciento en viento a tu casa.

Pero te fuíste y tu mano,

tu gran mano, no dijo adiós.

Saluda al acabar el día

e incluso después brilla,

bañada por luz de oro.

Tesoro, corazón, que te siento

aunque no te toco.

PREVIOSALIRSIGUIENTE