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DIOSAS DE PIEDRA

El macizo montañoso emergía su pared majestuosa de piedra y marcaba, imponente,
el final de la carretera. En el valle eran frecuentes las excursiones para contemplar
tan admirable paraje, cada fin de semana se tranformaba en un animado festival de vehículos,
turistas o cazadores. Marlon se caló el sombrero hasta las cejas y resopló, para él
aquellas montañas eran las diosas del lugar, hacía muchos años que escogió vivir a su
amparo, sumergido en la frondosa ladera de su falda rocosa. Sin embargo, en esta ocasión
eran los automóviles de la policía y de los periodistas los que perturbaban el habitual
sueño en las inmediaciones de su cabaña.
A Marlon le pareció un tanto insolente el tono con el que el comisario se refirió a
la montaña cuando le preguntó acerca del antiguo sendero que se adentraba en el
bosque. Toda aquella historia del atraco y del fugado con el rehén internados en la
espesura le sabía truculenta. Llevaba toda una vida a lomos de aquella cordillera, pocos
como él conocían cada rincón, cada recoveco de la comarca con tanto atino, pero perderse
por primera vez en aquel laberinto de riscos y simas no dejaba de ser una fatal locura. El
trampero echó atrás su sombrero y escrutó la densa capa de niebla que ya ocultaba la cumbre.
-Si es cierto que están ahí dentro será la montaña quien decida...
Al comisario no le quedó clara la enigmática respuesta del trampero. Aquel fornido
cincuentón desafiaba toda lógica con su estrafalario modo de vida en su cabaña al pie
de la montaña, sin luz ni gas, tan sólo leña para alimentar la chimenea y ahumar las
pieles que colgaban alineadas en el porche. Había oído hablar de él, en una ocasión
recuperó sin ayuda de nadie toda una yeguada extraviada que se había escapado monte
adentro, desde entonces se granjeó el respeto de sus paisanos. Pero el comisario no
encontró el compromiso que le habían asegurado los lugareños para resolver aquel caso
que colocaba a la comarca en las principales páginas de todos los noticieros.
El perseguido andaba escondido en algún rincón de aquella montaña. Después
de desvalijar la sucursal bancaria a punta de fusil había secuestrado a su hijastro
de once años, antes hirió a la madre del muchacho. En su desesperada huída no encontraron
mejor refugio que atravesar a pie aquella cordillera fantasmagórica. El raptor maldijo
el empeoramiento climático que se sumaba a aquella cadena de desgraciadas circunstancias.
La niebla se deshilachaba entre los árboles e imposibilitaba adivinar el rumbo próximo
de sus pasos, además el joven muchacho tiritaba de frío y entorpecía la marcha con sus
sollozos cada vez que el padrastro le empujaba a trompicones o le profería insultos
amenazantes mientras le encañonaba. Sobre sus cabezas, los rebecos saltaban con
agilidad entre las peñas y el hombre escudriñaba a su alrededor, inquieto, pues había
que guarecerse antes de que la noche cayera. El muchacho ahogaba en cada gemido el
recuerdo de su madre apuñalada y malherida, no soportaba los ataques repentinos que
cada vez con mayor frecuencia acosaban a su tío y lo transformaban en alguien temible,
peligroso. Esta vez, sin embargo, el calibre de la fechoría había sobrepasado
todos los límites de la agresividad calculada. El joven se quejó del antebrazo
después de que el padrastro lo arrastró para que avanzara, sollozó de frío y
miedo. Se agachó para anudarse los cordones del calzado, pero le resultaba difícil
articular los dedos. La niebla le empañaba también los ojos, sólo al levantar la vista
se apercibió del impacto de la enorme roca despeñada sobre su padrastro... Hombre y
piedra se sumieron en sorda caída precipicio abajo.
No fue hasta la mañana siguiente que el muchacho hizo acto de aparición en
el lindero del bosque. Otra vez la cabaña de Marlon era un hervidero de agentes,
la prensa acordonada disparaba sus flases al paso del joven envuelto en mantas. El
comisario celebró el rescate ante los micrófonos, luego se volvió hacia el trampero:
-...No puedo agradecerle precisamente su cooperación.
Marlon no se inmutó, sin dejar de atusarse la barba, señaló hacia la cima...
-Ya se lo advertí, es ella la que decide...
Ambos dirigieron su mirada hacia las cumbres, coronadas de un halo neblinoso
presidían el techo del valle. Desde su cetro de roca custodiaban una ley
antigua nunca revelada, sólo conocida por las diosas del lugar...
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