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CALLEJÓN PERDIDO

La noche se rompía con alguna estridente carcajada que escapaba de aquella conversación. Los tres
hombres regresaban a altas horas de su pequeña reunión particular, celebraban un pacto que durante largo tiempo
habían tramado y que, después de mucho negociar y esperar, ahora, por fin, vería la luz. Nathan era el más joven
en años y también, en experiencia. Apenas llevaba seis meses de director general en la Compañía, desde que se
jubiló el anterior. Fue requisito indispensable esperar a sustituirle para llevar a cabo el plan; así lo pactó
con Ern, a quien conocía de múltiples coincidencias en convenciones, y con quien acabó por cerrar una relación
que traspasaba los umbrales de lo profesional. En realidad, la idea partió de Ern y, cuando Nathan fue presentado al señor Sebastián, pudo comprobar cómo aquel proyecto iba agrandándose, igual que una golosa bola en la que invertir el futuro más inmediato e incluso el de más allá. El trato consistía en firmar la compra de ambas empresas en una jugada maestra que sólo les reportaría beneficios, si no perdían de vista que la Compañía del señor Sebastián triplicaba a las de Nathan y Ern juntas. Primero, Nathan debía permitir que Ern comprara la
suya y, después de aguardar los dos años que la ley establecía para una siguiente operación, firmarían la venta
al señor Sebastián, con lo que ocuparían así el primer puesto en el escalafón internacional de la industria
química. En todo momento, a cada uno de ellos, se les seguiría respetando su categoría y rango directivo,
condición sine qua non y bajo contrato, según habían acordado en sus secretas negociaciones. La cifra de los
miles de millones que esta maniobra les suponía, no tenía parangón con el centenar de puestos de trabajo que
habría que eliminar para ajustar el régimen legal a sus propios intereses. Mañana, a primera hora firmarían
la venta y, algo cargados de copas, se felicitaban por los nuevos y ricos tiempos que se avecinaban.
Ern soltó otra carcajada de las suyas cuando abandonaron la avenida principal para adentrarse por una de las
transversales hacia el casco urbano. Al señor Sebastián se le notaba la experiencia en lo voluminoso de su
barriga, más acostumbrada a banquetes de trabajo y digestiones económicas, pero donde siempre había hueco
para una oportunidad de engrosar más amistades solventes. Entre risas, Nathan distinguió la figura de un
vagabundo próximo a la esquina a la que se acercaban, pero siguió atento al hilo de la conversación. Ern
contaba en ese instante un chiste de una enfermera sorprendida por el acoso de un cirujano, cuando Nathan
observó la mirada fija y penetrante que el vagabundo mantenía sin titubear y que, con descaro, sostuvo cuando
pasaron frente a él… A Nathan le dio la impresión de que sólo le miraba a él; quiso advertir a sus acompañantes,
enfrascados aún en la broma, pero no pudo esquivar la atención del vagabundo, que con gesto desafiante parecía
increparle…
–La luna no tiene precio, no tiene precio la luna…. –mientras señalaba con su brazo extendido al cielo. De
repente, el vagabundo sonrió con una mueca grotesca que mostraba sus huecos y dientes negros, mientras reía
de forma compulsiva y burlona.
La lluvia arreció de nuevo, y aceleraron el paso. Nathan no dejaba de mirar hacía atrás, al tiempo que preguntaba
a sus amigos si habían oído a aquel loco…
–¿Qué dices, Nathan, de qué hablas? ¿No entendiste nada del chiste? Mira… –Ern se aprestó a repetirlo, mientras
Sebastián comenzaba a reírse antes de tiempo.
Aún caminaron dos bocacalles más para cruzar el puente que conduce hasta el final de la alameda, antes de
despedirse. Cuando llegó al apartamento Nathan estaba de verdad cansado; apenas se quitó los zapatos y la
gabardina y, derrotado por la caminata y las copas, se dejó caer en la cama.
Sin embargo, lejos de hallar descanso en el sueño, Nathan despertó al rato, sudoroso y sobresaltado por una
pesadilla difícil de concretar. Había soñado con el vagabundo, que corría tras él mientras profería gritos y
reía, desdentado y grotesco… Nathan se incorporó, y se dirigió al baño para lavarse la cara, necesitaba
despejarse; abrió el grifo y al mirarse en el espejo no pudo evitar un grito… Allí estaba él, era su cuerpo,
sus brazos, su camisa… Pero no tenía cabeza. Podía mirarse, moverse, tocar, ver los muebles que tenía detrás,
pero su cabeza no aparecía… Asustado, buscó en la habitación, debajo de la cama, en el armario ropero… No
podía quitarse la imagen del vagabundo de la mente, oía su risa, sus burlas y, aunque no podía entender nada,
ahí debía de estar la explicación, así que, rápido, se volvió a
arreglar, y salió a la calle en busca del hombre aquel.
Llegó casi extenuado a la esquina donde vio al vagabundo la primera vez. Ahora se fijó bien en la
placa oxidada de la pared en la que pudo leer: Callejón sin salida. Avanzó hacia el interior de la calle oscura,
pero ni rastro del vagabundo. A los costados, distinguió algunos bultos de gente entre cartones y desperdicios;
un grupo de harapientos, en torno a un fuego, ni siquiera le prestó atención cuando pasó con cautela. Al llegar
al muro del fondo del callejón , comprobó que no había final y que, a través de un pórtico de arcos, la calle
aún se prolongaba. Nathan siguió el pasaje semicircular hasta dar con una explanada en ligera pendiente hacia
el río… Le sorprendió el duro contraste de la ciudad con aquel insólito paraje, que nunca habría imaginado
encontrar allí. Lo cierto es que durante los últimos años su mundo no había sido otro, sino aquel enjambre
de edificios en la jungla de asfalto y ruidos. Desde la otra orilla, un pálido clarear le anunciaba que
amanecía. No se equivocó. Sin embargo, algo no marchaba bien… El sol apareció de pronto y, veloz, se elevó
a la altura del mediodía para, sin tregua, comenzar a descender en un precipitado ocaso sobre la muralla
que rodeaba el otro extremo de la ciudad. Era como si un día entero hubiera pasado ante él, en un abrir y
cerrar de ojos. Nathan estaba desorientado, presintió que tal vez fuera tarde y decidió regresar…
De vuelta, en el callejón, las chispas de la hoguera iluminaron la silueta del vagabundo que cruzaba
arrastrando despacio los pies. Nathan no quiso desaprovechar aquel encuentro casual y se apresuró hacia él…
–¡Oye, tú!...
De un rincón, surgieron varios perros en respuesta a la voz, que husmearon sus pies, aunque ninguno ladró. Casi
al mismo tiempo, los pordioseros que se calentaban junto a la fogata voltearon sus cabezas al unísono, inquisitivos,
con el semblante adusto, serios.
–…Oye, tú sabes, díme qué ha pasado con mi cabeza…
El vagabundo se había girado, ladeándose hacia él con una sonrisa hueca y, sin dejar de apuntar al cielo con su
dedo encorvado, le respondió:
–Os creéis que podéis comprarlo todo, pero todo no se puede…
Entonces uno de los perros aulló, seguido por los ladridos del resto. Los hombres de la fogata se dispersaron y,
del suelo, se incorporaron algunos, que dormitaban entre los cartones. A Nathan le recorrió un escalofrío de
miedo, deseaba dejar atrás aquella locura, y salió a toda prisa del callejón…
Cuando despertó en la cama de su apartamento aún llevaba puesta la gabardina. El teléfono sonaba con insistencia,
tenía la impresión de haberlo estado escuchando sonar toda la noche, pero, antes de responder, se dirigió de un
salto al baño para mirarse en el espejo… Bien, era él, estaba entero. Ahora sí contestó. La voz de Ern sonaba
enfadada del otro lado…
–¿Qué ha pasado, Nathan? Espero que tengas buenos motivos… Ayer te estuvimos llamando durante todo el día. Hemos
estado esperándote para firmar, ¿se puede saber dónde te has metido…?
–…No firmaré, no…
–…¿Sabes lo que estás diciendo? Has perdido la cabeza… ¡Estás acabado, Nathan! –el tono de Ern exudaba una
incontenible agresividad.
–No voy a firmar, es una cabezonada…
Nathan colgó despacio el auricular, sin importarle la sarta de amenazas que crecían en avalancha desde el
otro lado; se atusó el flequillo, sentado a los pies de la cama y, por un momento, pareció respirar aliviado:
–…Cosas mías… –murmuraba.
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