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A PRIMERA VISTA

Desde pequeña sobresalió por su carácter desobediente e indomable. Su padre lo
achacaba a que nació cuando las mareas decrecían, pero sabía que la naturaleza de
los seres está marcada por el entorno en que crecen y se desarrollan y, por ello,
albergaba la esperanza de que algún día ella misma encontrase la medida justa. Sin
embargo, lejos de agradar las expectativas de sus progenitores, la niña gustaba de
arriesgarse siempre hacia límites más ignotos e inexplorados ya impulsada por sus
irrefrenables ansias de conocer ya por poner así de manifiesto la rebeldía de su
carácter.
A menudo recalaba en aquella zona apartada de la costa, al otro lado de la barra
de arrecifes, una frontera que traspasaba con indiferente atrevimiento a pesar de las
inútiles advertencias de sus amistades más preocupadas. En una ocasión, mientras
se bañaba entre las rocas, se vió sorprendida al emerger de repente de una de sus
zambullidas. A sus espaldas oyó el silbido melodioso y el chapoteo inconfundible de
una embarcación. Cuando se volvió, el hombre silbó de nuevo al descubrir sus
pechos desnudos y,
desde cubierta, se echó a reir, abriendo mucho los ojos y
saludando con la mano abierta mientras se alejaba.
A ella le gustó su porte distinguido desde el puente de mando, su aire resuelto y
simpático, su esbelta figura recortada entre los azules de cielo y mar. Esa fue la
primera vez que lo vió. Después, a lo largo de sus osadas correrías, se ocupó de
averiguar dónde continuar observándole a escondidas, con curioso detenimiento.
Así, desde la distancia, se fue fraguando un sentimiento de amor oculto que daba
respuesta a sus inquietudes y, a la vez, colmaba todas sus ansias de exploración.
En otra ocasión, contempló desde la playa las luces que engalanaban la Gran
Mansión y la fiesta que allí celebraba el Capitán, en honor de su tripulación, con
motivo del Día del Mar. El lujo y la pomposidad se reflejaban en los uniformes
solemnes y en los elegantes vestidos de las mujeres que bailaban en los espaciosos
salones, bajo las enormes lámparas de lágrimas, al son de la música orquestada.
Desde la ventana, la muchacha observaba boquiabierta tal fastuosidad, al tiempo
que buscaba con la vista la atractiva figura de su amor de ensueño. Por fin, lo
descubrió al fondo, brindando con su copa entre los comensales, casi al mismo
tiempo que él se topó con sus ojos vidriosos tras el cristal. Con la copa en alto, el
Capitán quedó inmóvil por un instante, para luego intentar abrirse paso entre la
muchedumbre. El Capitán atravesó el jardín escrutando cada rincón hasta llegar al
límite con la playa, desazonado, sin encontrarla.
La muchacha se había dado cuenta, sabía que no podía permanecer allí por más
tiempo y huyó por la parte trasera hacia la playa, rápida, para sumergirse antes de
que nadie pudiese descubrir su cola de pez... La sirena dejó tras de sí un rastro
ondulado de reflejos de plata.
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