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ALAS

Hubo un tiempo en que la historia esperaba para escribirse al día siguiente. Por
entonces, el mundo se bastaba a sí mismo, pero para el joven Kumbi nada resultaba extraño y
sí nuevo todo lo que acontecía desde que el dios Chen´za se ocultaba hasta que volvía a
renacer. Todo lo lejos que alcanzaba su memoria siempre había sido así, lo había escuchado en
los consejos de la tribu de boca de los guerreros más aguerridos. Ahora era su turno. Desde
el confín de los orígenes la selva había marcado la ley de sus antepasados. Para un indio
tupùa esto significaba un paso adelante en el crecimiento como ser.
Kumbi abandonó el poblado, desnudo, mientras la tribu entera le daba la espalda. Formaba
parte del rito. Atrás dejaba la infancia y, al regreso de su aventura, volvería con las
alas del Cutzhul, pájaro de cresta azul, el trofeo que lo convertía en adulto y lo
transportaba a su verdadero sitio en la tierra. Se internó allá donde se perdían las
sendas, temeroso, pero con orgullo, ataviado tan solo con las pinturas de guerra que el
anciano Schamá le trazó sobre el rostro como correpondía a un futuro jefe. Desde un principio
advirtió el peligro, aquella espesa sensación a su alrededor. También lo aprendió en los
consejos, el gran guerrero Endaole contó en una ocasión cómo hubo de transformarse en árbol
para descubrir la faz de sus perseguidores. Por eso, Kumbi tomó raudo sus precauciones,
dispuesto a superar las tres pruebas que lo devolverían victorioso a la aldea.
La más compleja de ellas, para su sorpresa, fue la primera en realizar con éxito. Agradeció
a los dioses la circunstancia de disponer el encuentro con aquel cadáver de caimán y lo tomó
como un inmejorable presagio. Confeccionó con la piel del reptil un taparrabos para
cubrirse y, avezado por el triunfo, se preparó para la prueba siguiente.
El ave de cresta azul habita las copas altas de los bálibos, que abundan
en los lugares húmedos y pueblan las orillas de los ríos. Encaramado en lo alto, el joven
guerrero acechaba el aleteo nervioso de los pájaros sagrados; su tronco erguido y el entramado
de sus ramas lo convertían en el observatorio ideal. Una noche en que la vieja
hermana Toancal menguaba pudo vislumbrar desde su refugio el motivo de su escondido
temor... La sombra del fiero Jagua rastreaba entre el follaje y el indio supo que no
quedaba mucho tiempo, aunque tampoco durmió aquella noche.
Inició la vuelta al poblado con su tocado de plumas azules recién estrenado,
ansioso por abrazar a la pequeña Laioa, su recompensa por cruzar el umbral de la
adolescencia. En la última prueba, el Schamá, encarnación viva del dios supremo, concedía
el don del guerrero a la vista de los méritos obtenidos y en presencia del resto de la
tribu. Pero antes de que toda la comunidad celebrase la fiesta de su madurez el iniciado
debía de esperar la llegada del alba nueva para su entrada triunfal en el poblado.
Coincidió por entonces que la ausencia de la hermana Toancal no iluminaba la noche y que
el aliento del Jagua rondaba aún más cerca de sus pasos. Cuando el indio cruzó la oscuridad
del poblado burlando el sueño de los centinelas su júbilo victorioso no le cabía en sí de
gozo. No le fue difícil encontrar la cabaña de la bella Laioa, tantas veces que soñó con su
encuentro; se habían criado juntos y ahora, por fin, podrían formar pareja, pues tal sería
el deseo que le concedería su nuevo rango a la mañana siguiente.
Ya despuntaban los primeros rayos del Gran Padre Chen´za cuando los guerreros tupúa
empuñaron sus armas dispuestos para la caza. Fue entonces, en el lindero con la selva
cuando hallaron los restos de sangre y plumas azules diseminados entre señales de lucha. No
muy lejos, colgado de una rama rota, pendía el deshilachado taparrabos de piel. Y entonces,
lo descubrieron... la silueta moteada del jaguar desapareció de un ágil salto entre la
vegetación. Dicen que la ira del dios del Mundo fue tan inmensa que de una pisada borró
la tribu tupúa de la faz de la selva...
- Créame, amigo, ahí abajo viven seres que cambian para seguir siendo. El verdor de ese
universo frondoso tiene un precio...
El teniente había escuchado durante el trayecto la historia del viejo nativo, que
gesticulaba con vehemencia al tiempo que pilotaba el aeroplano. Manejaba los mandos con
la maestría de un veterano maquinista ferroviario. Sobrevolaban la isla cuando el teniente
se inclinó hacia la ventanilla. En aquella zona, efectivamente, la costa semejaba la huella
de un gigantesco pie... Por un momento quedó absorto en la idea de un dios enfadado por la
ineptitud de sus fieles. Desde la altura, el corazón verde de la selva brillaba como una
joya sagrada.
El ala del aparato le sacó del estupor, al virar, y sonrió para sus adentros. La misión
tocaba a su fin, podría ahora felicitar a los muchachos.
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